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24 ago. 2011

Capítulo Ventitrés.

El avión aterrizó a su hora. Llegaron al hotel a la vez que Sabrina, a la que Tom saludó con alegría. Tenían la habitación 688, en el sexto piso. Era muy lujosa, tenía dos camas medianas en una habitación, con dos enormes armarios. Dos cuartos de baño, uno de ellos con spa y un salón enorme, con un sofá cama y un chaise longue y con una gran televisión.
El guión le llegó por e-mail a Lucía, por el ordenador que tenían en la habitación, en el que pasaban horas, leyendo el guión y repasándolo juntos.
Y qué más decir… a partir de aquel día todo fue prácticamente perfecto. Los rodajes, la convivencia, el lugar… Al final alquilaron una casa en Roma. Conocieron, por supuesto, a Lucía Ramos. Vivieron risas y alegrías y Lucía declaró a Tom su guardaespaldas. La película se estrenó siete meses después, fue un gran éxito.
Y las dos Lucías salían juntas de compras, mientras Tom asistía al desfile de Model Xpress con cierta nostalgia… con el efecto del espejo del recuerdo. Pero todo se iba superando poco a poco. Los tres salían de cena, y se conocían un poco más. Lucía Ramos, admirada por ambos contaba la primera vez que actuó para la televisión, sus nervios, y como fue todo. Y todo iba perfectamente, alegrías, risas, encuentros, cenas, bailes, rodajes… y todo ello, finalmente, sin el efecto del espejo del recuerdo.

Capítulo Veintidos.

Era la una menos veinte cuando la madre de Lucía arrancó el coche. Lucía y Tom iban sentados detrás, ella en la derecha y él, en la izquierda. No hablaban, tarareaban las canciones de vez en cuando, o cerraban los ojos para no marearse. Pero querían reservar las palabras para después. En menos de media hora llegaron al aeropuerto.
A Tom le pareció un espacio gigante, y le entró cierto pánico al ver el funcionamiento de los aviones. Sandra facturó los billetes y ayudó a Lucía a poner la etiqueta de equipaje manual en su mochila. Llevaba aperitivos para el viaje y la comida, y dinero, por si se perdían las maletas y tenían que estar un día sin poder estar en el hotel.
Después Sandra se despidió de Lucía y también de Tom.
-Pasadlo bien.
Se fue algo intranquila, pero en el fondo convencida de que todo iría bien. Tom y Lucía charlaban sentados en un banco. Su avión embarcaba en la pista 13, ellos estaban ahí, aunque aún faltaba una hora. Lucía tranquilizaba a Tom:
-Tranquilo, hombre, tampoco es para tanto… Tú te sientas y te pones el cinturón, y cuando despega sientes un cosquilleo en la tripa, pero no es nada… es como en un parque de atracciones, ¿has estado alguna vez en uno?
-No…
-Bueno, da igual, es la misma sensación, tu cuerpo no está acostumbrado a eso y actúa así, pero vamos que no es nada. El resto del viaje se te pasa volando.
Lucía río como una loca.
-¡¡¡Se te pasa volando!!! ¡Qué risa!
A Tom también le hizo algo de gracia. Y siguieron hablando, de lo que sería el rodaje, de cuándo le darían el guión a Lucía, del dinero que se gastarían sus padres en las llamadas… Lucía tan alegre, y Tom tan preocupado. En la vida de Tom había habido demasiadas muertes. Si Lucía no hubiese aparecido en su vida… Probablemente Tom estaría traumatizado. O se habría vuelto “emo”. Tom rió al recordar a Alex y a Álvaro. Álvaro, siempre haciéndose el duro. Alex, tan majo a veces, pero tan influenciable… quizá demasiado.
Poco antes de la hora del vuelo, decidieron comer. Marc había preparado dos bocadillos de tortilla francesa con jamón. Estaban deliciosos, y Lucía y Tom los devoraron en cinco minutos.
-¿Los ha hecho tu madre?
-No, mi padre. Es el mejor cocinero de tortillas del mundo.
Tom sonrió.
-Ya lo creo.
Y a los quince minutos de haber comido, el avión aterrizó en la pista. Tom tenía los billetes en la mano cuando llegó el mensaje por los megáfonos:
-“Embarquen en la pista trece los pasajeros del vuelo 1998L con destino a Roma, repito, embarquen en la pista trece…”
Lucía sonrió.
-Este es el nuestro, vamos.
Se levantaron, Lucía llevaba la mochila y Tom los dos billetes en la mano. Ya estaban facturados así que lo único que tenían que hacer era buscar sus asientos. Tenían el 12 al lado de la ventana, y el 13. Tom se sentó al lado de la ventana y Lucía, con el equipaje manual entre las piernas, en el 13. En el 14, al lado de Lucía, había una chica joven. Era Sabrina, la sustituta de Tom que Álvaro quiso matar. Pero Tom no se dio cuenta.
Tom estuvo incómodo aquellos 10 minutos que estuvieron esperando hasta que el avión despegase. Lucía no conseguía tranquilizarlo, y Tom estaba muy nervioso. Entonces una azafata se acercó a ellos:
-Hola, buen viaje, ¿desean chicle para que vuestros oídos no se taponen durante el despegue?
Sabrina y Lucía asintieron, y Lucía pidió dos, el otro para Tom.
-Tom, toma este chicle. Es de fresa, para pasar menos apuro durante el despegue.
-Gracias.
Entonces, justo antes de realizarse el despegue, el comandante del avión habló:
-Buenas tardes, señoras y señores, está a punto de despegar el vuelo a Roma. Les informamos de que tienen nuestras azafatas a vuestra disposición, y que deberán llevar el cinturón durante el despegue, y en otros casos que ya les avisaremos. No llueve ni hace mucho viento, por lo que se calcula que llegaremos sobre las cinco y media de la tarde. En Roma hay un tiempo estable, sin precipitaciones y con temperaturas alrededor de los veinte grados. Gracias por confiar en vuelos Airpeople y buen viaje.
Y después repitieron lo mismo en inglés e italiano. Y el motor del avión sonó. Tom se asustó un poco, pero Lucía le dio la mano, y Tom la apretó para no tener miedo. Entonces el avión se empezó a mover.
-Ahora está cogiendo carrerilla.- explicó Daniela-
Tom soltó la mano.
-Voy a comprobar si tengo bien el cinturón.
-Claro que lo tienes bien, anda.
Sonrieron y se concentraron en el despegue. El avión seguía cogiendo carrerilla. De repente se elevó un poco. Tom sentía aquella sensación extraña. El avión ya estaba en el aire. Se recogieron las ruedas, y el avión siguió subiendo. Elevándose hacia el cielo. Subía y subía, y Tom poco a poco se iba relajando. Lucía le sonrió.
-¿Ves como no es nada?
-Sí.- Tom rió.
-Mira, han puesto una peli.- Lucía señaló una pequeña pantalla enfrente de ella.
-¡No se oye!
-Es que tienes que tener auriculares y engancharlos al enchufe que tienes en el posa brazos. Y luego puedes cambiar el volumen.
Lucía sacó de su mochila unos auriculares rojos y otros verdes, y entregó los verdes a Tom.
-¡Gracias!
Tom los enchufó y se los puso en los oídos. Reguló el volumen, y prestó atención a la película. Trataba de un hombre pobre, que se encontraba con una mujer rica. La mujer tenía un niño muy pequeño, al que tenía que proteger de la prensa rosa, porque nadie sabía que lo tenía. Entonces el hombre le propuso a la mujer que cuidaría a su bebé en el trastero de su mansión mientras le diese de comer. La mujer aceptó, y subió a su trastero la cuna, y día a día les subía la cena, la comida y el desayuno. El hombre cuidaba genial al niño, pero el pequeño cogió una enfermedad muy fuerte, por culpa de la comida de la madre, que contenía proteínas que el niño no toleraba, aunque ella no lo sabía. En el médico les dijo que era muy grave, podía morir si no le operaban, pero, como era muy pequeño, podría morir durante la operación. La mujer prometió que si salvaban al niño, donaría millones de euros al hospital.
Y la operación fue bien. Retiraron una gran capa de aquellas proteínas, y el corazón del niño latía. Pero al despertarlo, se dieron cuenta de que había perdido el sentido del gusto, porque habían tocado zonas muy débiles del estómago y la lengua, y lo había perdido. Entonces la mujer se negó a donar aquel dinero, y un médico la mató intencionadamente. Después, como nadie sabía que tenía el niño, ni figuraba en su herencia, sacrificaron al pequeño. El hombre no pudo evitarlo, por mucho que lo quisiera salvar. Y finalmente el pobre hombre se quedó solo.
Tom empezó a llorar cuando la mujer de la película murió. Recordó a Daniela. Vale, sí, casi lo había superado, pero la película fue un golpe muy fuerte. Lucía quiso que Tom se relajase.
-Tranquilo, Tom…
-Es que no entiendo por qué me pasa… todo me recuerda a ella…
-Yo sí sé lo que te pasa. Yo lo llamo el espejo del recuerdo. Todo te recuerda a cuando estuviste con ella. Todos los recuerdos con ella, rebotan en el espejo, y se reflejan en la realidad. Tus recuerdos han rebotado en el espejo cuando has visto la película. En realidad esos recuerdos son buenos, pero al rebotar en el espejo te perjudican.
Tom paró de llorar y miró fijamente a Lucía.
-Cuánta razón tienes…
Se abrazaron, y Tom volvió a sentirse feliz.

Capítulo Veintiuno.

Tanto a Tom como a Lucía se les hizo fácil madrugar. Ambos se despertaron a horas parecidas. Tom no tenía nada de comer en casa, así que decidió utilizar sus veinte euros para desayunar fuera. Pensó comer en el avión o en el aeropuerto. Entró a la cocina para asegurarse de que no había nada de comida. En efecto, no había nada, sólo unos vasos, un tenedor y dos rollos de cocina. Tom se fijó en la mesa. Había otra cosa con una nota. Hacía tiempo que Tom no entraba en la cocina así que la nota podría ser de otro día. La cogió y la leyó en alto:
-Esta es la tarjeta en la que se almacena el dinero que ganas trabajando. Tenías poco dinero, así que te metí doscientos cincuenta euros. Utilízalos bien, y recuerda la clave: 3843.
Tom se sorprendió. Estaba encantado con el abuelo de Daniela, era verdaderamente un buen hombre. Tom no recordaba su nombre. Se dirigió hacia el salón y se metió el billete de 20 euros en el bolsillo. Después guardó la tarjeta en el fondo de la mochila para que estuviese bien protegida, y se subió la mochila a la espalda.
Salió de casa. Probablemente aquella fuese la última vez que la viese. Se quedó mirándola. Y por un segundo deseó que Daniela estuviese en su cuarto, para que el subiera y la viera otra vez. Y quiso subir a ver por última vez la vacía habitación de Dani… pero no era la mejor decisión si quería olvidarla. Así que cerró la puerta, con llave, y se dirigió hacia un bar que se encontró cerca de la casa de Lucía.
Se llamaba Fisqui’s Bar. A Tom le pareció un nombre divertido y cutre a la vez. Había un cartel en el que decía “servicio de terraza” así que Tom se acomodó en una silla verde pistacho, en una mesa de hierro con dibujos que provocaban ilusiones ópticas. Al poco tiempo una camarera joven y muy alta, la cual a Tom le parecía experta, no supo la razón, se acercó a él y le entregó el menú. Mejor dicho, era el menú de las mañanas. Había una gran variedad de tostadas. Con miel, con aceite, con jamón serrano, con tomate triturado… y todas por un precio muy económico. Después había leches solas y cafés, y también zumos naturales. Tom se decidió, y la camarera volvió:
-¿Ya sabe qué va a pedir?- tenía un cuadernillo en el que anotar todo.
-Sí, claro. Quiero una tostada con aceite y jamón serrano y un zumo natural de mandarina y naranja, por favor.
-Muy bien, en un momentito se lo traigo.
-Gracias.
La camarera volvió a llevar el menú, junto a su cuadernillo con varios garabatos y con el número tres, el cual correspondía a su mesa.
Tom, mientras esperaba, empezó a mirar el paisaje. Hacía un bonito día, respecto a las fechas que eran. Era bastante soleado, y, para ser las nueve, caluroso. Las demás mesas de la terraza estaban vacías. Pero en el interior había mucha gente. Gente alta, baja, hombres, mujeres, ningún niño, y la mayoría de ellos desayunaban con prisas, tenían el coche aparcado fuera y apuraban para llegar puntuales al trabajo. Hacia el otro lado, había una larga calle. Muchos bares, un par de tiendas, bastantes casas con las persianas bajadas, y pocas con las persianas recogidas o con ventanas abiertas.
Pasaba poca gente, y la que pasaba lo hacía en coche, en velocidades quizá demasiado exageradas, solo por llegar bien al trabajo. Tom sonrió. No tenía por qué hacerlo, pero sonrió. ¿Por qué no sonreír cuando se puede? Entre estas reflexiones, llegó el camarero. Sí, esta vez era un camarero, algo más mayor, y muy hábil. Le entregó la tostada caliente, en un plato blanco, perfectamente colocada y con un jamón en perfectas condiciones. El zumo se lo entregó en un vaso de cristal en forma de tubo, con una pajita transparente.
-Gracias, cóbreme ahora.
-Son tres euros y medio, por favor.
Tom se sacó el billete de 20 euros del bolsillo y se lo entregó al camarero. Él le entregó un cambio perfecto y se fue. Tom devoró la tostada, pero en cambio el zumo lo bebía lentamente, para disfrutar tranquilamente de su dulce jugo. Cuando terminó, se fue dejando el plato y el vaso completamente vacíos en la mesa. Decidió dar un paseo por los alrededores porque aún era pronto para ir a casa de Lucía.
Gente corriendo o andando deprisa. Todos mayores de veinte años y menores de sesenta. Arriba, abajo, con sus maletas de cuero o con sus mochilas gigantes e infladas. Sin niños y sin acompañantes, gente que se cruzaba con conocidos, sin tener siquiera tiempo a saludarlos. A lo lejos un parque. Vacío. No, completamente vacío no. Dos chicos vestidos de negro. Tom se quiso acercar. A veinte metros de ellos uno le pareció conocido. Se acercó más.
-Alex… ¿eres tú?
-Sí Tom, así es.
Era Alex… vestido de negro, con una camiseta negra de calaveras, muy pegada de modo que se le notaba su extrema delgadez . Llevaba una chaqueta de cuero negra, que le iba algo pequeña, desatada. Después, encima de la chaqueta se veía el enorme collar que tenía atado al cuello. En letras enormes, estaba escrito “DIE”, muerte en inglés. Después llevaba pañuelo que le cubría toda la cabeza, en el que estaba escrito “HATE THE LIFE”, odia la vida, también en inglés. Del pañuelo asomaba un poco de flequillo, que le tapaba el ojo derecho. También llevaba unos pantalones pitillos largos, negros, sin bolsillos y muy apretados. Calzaba unas zapatillas tres tallas más grandes que las suyas, prácticamente destrozadas, pasadas de moda, sucias y todo lo imaginable. Por último se había tatuado la palabra “SUICIDIO” en la muñeca. A Tom todo esto le daba mala espina.
-¿Qué te has hecho, Alex?
El compañero de Alex intervino:
-¿Y tú qué crees?
Tom abrió los ojos como platos. El compañero de Tom era Álvaro… aquel compañero de clase que quiso matar a Sabrina, aquel compañero al que le robó la navaja.
-¿Eres Álvaro, verdad?
Álvaro se puso histérico.
-¡¡¡Me llamo “Alvo el valiente”!!! ¿¡Entendido!?
-Claro, claro…
-¿Qué venías, a insultarnos?- intervino Alex.
-Eso, ¿a insultarnos por ser “emo”?
Tom se dio cuenta de que “emo” era aquella moda absurda de odiar la vida y vestir de negro con un ojo tapado, como iban ellos.
-No… - respondió Tom.
Álvaro volvió a enfadarse.
-¿¡Entonces has venido a insultarnos porque somos novios!?
Tom recordó el día en el que Alex le confesó su homosexualidad. Aquel día se sorprendió. Pero que fuera pareja de Álvaro… era más que el colmo. Entonces Tom echó a correr, recorriendo el camino por el que había venido, deshaciendo el camino, pisando sus propios pasos. Se dio cuenta de que Álvaro le seguía. Aunque por muy fuerte que fuera, muy rápido no era. Tampoco estaba muy en forma. Teniendo en cuenta que amenazaba a la gente para que le diera su comida en el orfanato, y que comía el triple… era normal que estuviese así.
Al poco rato, Álvaro perdió la pista de Tom y volvió hacia Alex. Tom hizo otra parada en un bar, esta vez dentro y pidió un batido de vainilla, que le supo genial. Después, al salir del bar, era ya las once y media. Como no tenía nada que hacer hasta la una… decidió ir a casa de Lucía. Aunque estuviera viendo la tele, cosa que podía hacer en su propia casa, prefería hacerlo en casa de la familia Ramos, para no estar siempre solo.
Tocó la puerta y Sandra le recibió:
-¡Hombre Tom! No te esperábamos tan pronto.
-Lo sé, es que no tenía nada que hacer, y prefería estar aquí antes que solo en mi casa. Al final he decidido que comeré en el aeropuerto o en el avión.
-Pasa. – Tom entró y cerró la puerta- Os he preparado dos bocadillos para que comáis en el aeropuerto. Los llevará Lucía-
-Vale- Tom se dirigió hacia Lucía.- Hola ¿qué tal?
-Bien, estaba viendo un concurso de preguntas.
Tom sonrió. Y se quedaron viendo la tele, intentando adivinar las preguntas, prácticamente imposibles.

Capítulo Veinte.

Tom salió por la puerta. Eran las cinco. Llegó a casa, y en la mesa había un cable. Al lado una nota: “Este es el cargador del móvil, que se me olvidó dártelo. Pásate algún día a visitarme, majo. Adiós.”
Tom sonrió y guardó el cargador en la mochila. Después tiró la nota a la basura, y se sentó en el sofá. Mientras los padres de Lucía hablaban:
-Sandra, no sé si es buena idea…
-Marc, ¡por favor! Es una oportunidad vital para tu hija, ¡apóyala! Tenemos el viaje y la estancia gratis, va a rodar una película con famosos, y además, el chico es majillo.
-Ay, no lo sé…
Sandra buscó la mirada de su marido.
-¿Tú quieres a tu hija?
-¡Claro!
-Entonces supongo que deberías apoyarla. Igual se da cuenta de que el mundo del cine no es lo suyo. Pero para darse cuenta tendrá que aprovechar esta oportunidad. Y es que además se la ve tan convencida… Yo no tuve esa suerte en mi infancia, pero si la hubiera tenido, no me hubiese gustado que mi padre me lo hubiera estropeado.
Marc se lo pensó por un momento.
-Bueno, vale…
Sandra sonrió y beso a Marc.
Lucía terminó la maleta en menos de media hora. Después recordó, que bajando por la cuesta hacia clase Tom le dijo que tenía el móvil de Daniela. Entonces miró en las llamadas y localizó el número. Aún no lo había guardado, entonces lo guardó, y decidió llamarlo.
Tom estaba muy concentrado jugando a un juego del móvil. Ya había borrado todas las llamadas y los contactos de Daniela. No encontró la nota con el número de Lucía, así que no lo tenía. Entonces recibió una llamada. La cogió y preguntó.
-¿Sí?
-Hola Tom.
Qué voz tan alegre. A Tom le encantaba oí la voz de Lucía. Era tan dulce… transmitía alegría con una simple palabra.
-Hola Lucía, ¿ya has hecho las maletas?
-¡Sí! ¡Qué ganas tengo!
-Yo también.
-¡Vamos a conocer a Lucía Ramos!
Tom rió.
-¡Pero si yo ya la conozco!
-Eh, ¡digo la famosa!
-Lo sé, ¡era una broma!
-¡Ah!
Lucía rió.
-¿Para qué me has llamado?
-Pues, para hablar…
-¿Te lo has pensado bien? ¿No prefieres quedarte?
-¡No hagas que me arrepienta tonto!
-¿Te arrepentirías?
-Pues la verdad, creo que no…
Ambos rieron.
-¿Has llamado para avisar a la escuela de que no vas?
-Claro, y también he dicho que tú tampoco.
-¿Has llamado tú?
-No, ha llamado mi padre-
Y hablaron un rato más hasta que Lucía le dijo a Tom que tenía que hablar con otra persona, y se despidieron.
Lucía finalizó la llamada de Tom y marcó el número de Andrea.
-¿Sí?
-Andrea, ¡me voy con Tom a Roma a grabar la peli!
-¡¡¡Genial!!! ¿Pero con qué Tom?
-Con el de prácticas.
-¡¿Qué?!
-Bueno, nos llevábamos bien, y como su novia ha muerto y él tenía los billetes… Su novia era esa guapa del Model Xpress…
-¿Daniela?
-Sí, esa.
-Pues qué suerte…
-Te echaré de menos.
-Y yo.
-Te llamaré muchas veces.
-Lucía, es carísimo.
-Ah, ¿sí? ¿Por?
-Te vas a Italia, a otro país, es más caro…
-Ah, ¡vale!
Y hablaron un poco más, y después se despidieron.
Tom de mientras veía la televisión. No tenía nada más que hacer hasta poco antes de las nueve, cuando partiese hacia casa de la familia Ramos. Entonces sintió un picor en el muslo. Se rascó con las yemas de los dedos, pero aun así le picaba. Metió su mano en el bolsillo para rascarse mejor. En ese momento… los recuerdos le volvieron a rebotar. Había algo en su bolsillo… Era la foto que le entregó Daniela, aquel día que se hacía fotos con la cámara. Su cara bonita, su sonrisa a veces pícara, sus ojos preciosos y su pelo siempre tan suave…
Otra lágrima más que caía sobre su mejilla. Dos más. Tres más. Doce más. Sin cesar. Tom creía que al final se quedaría sin agua en el cuerpo. Pero no podía parar. Entonces su mirada se desvió hacia la tele. Un anuncio, que anunciaba nuevos capítulos de una serie. Y una chica morena y de ojos verdes. ¿De qué le sonaba? Lo recordó. Ella era Lucía Ramos. Rió, probablemente sin ganas… pero rió.
Eran las nueve menos veinte cuando Tom decidió salir de casa. Ya iba superando lo de Daniela, según él. Pero al fin y al cabo la seguía recordando con cada cosa. Cerrar la puerta de casa. Ver la moto. Caminar por dónde ellos lo hicieron juntos. Todo le recordaba a ella.
Llegó a la casa de la familia de Lucía poco antes de la hora, pero le recibieron ya con la mesa puesta. Los padres iban vestidos algo más elegantes, pero Lucía iba en vaqueros y con una camiseta blanca y rosa a rayas.
-Hola, Tom- saludó la madre- ¿Qué tal llevas todo?
-Bien, gracias por preguntar- sonrió.
La madre señaló el camino y la silla en la que debía sentarse.
-Mmm… ¡qué bien huele!- exclamó.
Marc y Sandra sonrieron. Lucía miraba la expresión de su padre, para ver si sonreía de verdad. La madre empezó la conversación.
-Bueno, hemos pensado que os llevaré yo hasta el aeropuerto. Tom, acércate sobre la una. ¿Comerás antes de irte, no?
-Sí, supongo. Madrugaré para hacer hambre.
Lucía sonrió.
-Yo también, mamá despiértame pronto.
-Vale. Os llevaré, pero como tengo que trabajar esperaréis allí al avión. Os ayudaré a entregar los billetes y a que os guarden las maletas, después ya esperaréis a embarcar en vuestro avión.
-¡Vale!
Lucía estaba emocionada, y a Tom le alegraba verla así. La cena duró bastante, casi hasta las once. Charlaban, decidían, pensaban y soñaban con las cosas que harían allí. Lucía quería montar en barco. Tom quería ver la famosa Torre Pisa. Tom quería descubrir todo lo que aún no había descubierto. Sí, Daniela le enseñó muchas cosas… pero ella le enseñó lo básico. Ir de tiendas, trabajar, salir de fiesta, montar en moto… pero con Lucía aprendería todo lo contrario. Aprendería lo que no se aprende con explicaciones, lo que se aprende viviéndolo. Aprendería a viajar, a volar lejos, a aterrizar con algo de miedo, a descubrir nuevos lugares, a adaptarse a nuevas situaciones. Aprendería demasiadas cosas que probablemente no entrarían en una lista, pero serían posibles de hacer.
Poco antes de las once, cuando la cena acabó, Tom y Lucía subieron a la habitación de ella.
-Tom ¿llevas mucha ropa? Es que yo no sé si llevo la suficiente…
-En el hotel hay lavandería, así que no hace falta que lleves muchísima…
-¿Tú más o menos cuánta ropa llevas?
-Em… unos seis pantalones y seis camisetas.
-Vale, pues entonces no quitaré nada de mi maleta. Después llevo el móvil y los auriculares. A parte llevo un cuaderno y un bolígrafo. Dice mi madre que perderé mucho tiempo de clase, pero si todo sale bien y con esta película puedo seguir adelante… No me hará falta ir a clase.
-De todos modos en tus días libres después del rodaje podrás ir.
-Supongo…
Tom sonrió.
-Y si todo esto sigue adelante… ¿tú qué harías?
-Hacer es una cosa… y querer hacer, otra. Pero supongo que volvería a Madrid.
Lucía pareció decepcionarse.
-Ah…
-¿Qué haría sino? ¿Acompañarte y protegerte?
Entonces Lucía pareció iluminarse.
-¡Eso es! ¡Tú podrías ser mi guardaespaldas, y yo te pagaría…!
Tom sonrió, pensando que Lucía era demasiado precipitada.
-Ya veremos…
En ese momento la madre de Lucía tocó la puerta.
-Lucía creo que es la hora de que te vayas a la cama.
-Vale- dijo Tom- pues yo ya me voy entonces.
Lucía sonrió.
-¡Adiós!
-Hasta mañana.
Tom salió de la habitación de Lucía y Sandra le recordó:
-Mañana aquí a la una.
-Claro, adiós.
Sandra entró en la habitación de Lucía, y cuando Tom se dirigía hacia la puerta, se cruzó con Marc:
-Hasta mañana, señor.
-Hasta mañana Tom.
Y Tom volvió a su casa. Decidió dormir en el sofá- cama mientras veía algo en la tele. Esas sábanas del sofá, que ellos no cambiaron tras dormir allí… Qué malos recuerdos. Pero Tom ya lo iba superando. Por supuesto que lo iba superando. Sonrió para sí, y al poco rato se durmió.