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19 jul. 2011

Capítulo Seis.

Poco después de haber terminado de cenar, empezaron las escenas tristes de la película. Al principio Daniela no parecía muy afectada, pero Tom comprendió que era muy sensible cuando, al cabo de un rato, empezó a llorar. En realidad no lloraba, solo echaba lágrimas por los ojos, porque no sollozaba, aunque a ratos sí que gemía.
En uno de estos, se apoyó en el hombro de Tom. El acariciaba su pelo, suave, más suave que la seda, probablemente por su champú de camomila. Daniela se calmó al poco, y se centró otra vez en la película. Después se acordó de lo que le quería decir a Tom… y su cuerpo se llenó de nervios.
Tom, al contrario, estaba muy tranquilo, viendo aquella película que cada vez le parecía más aburrida, pero se divertía toqueteando el pelo de Daniela.
-¿Apagamos la luz?-propuso ella, con una voz triste y dulce a la vez.
-Vale, no te muevas, ya la apago yo.
Tom se levantó, se dirigió al interruptor y apagó la luz. Volvió a su sitio, pero esta vez se tumbó, porque le dolía algo la espalda, de haber estado tanto tiempo sentado en aquella superficie tan dura.
-No entiendo cómo esto te hace llorar…
-Yo sí. Tú ves la película como si fueras el espectador… yo la veo como si fuera el chico dolido.
-Ah, ¿y por qué lo haces?
-Me sale solo, supongo.
Tom se rió por lo bajo, y Daniela lo acompañó. Era una situación un tanto ridícula.
Siguieron viendo la película, Daniela también se tumbó, y apoyó su cabeza en el pecho de Tom. A veces volvía a llorar, otras veces le salían ligeras carcajadas porque Tom le hacía cosquillas queriendo…

Una media hora después la película terminó, y ambos seguían en la misma postura. Daniela giró la cabeza, le miró a Tom a los ojos, y le preguntó:
-¿Te apetece ver la segunda película?
Tom se lo pensó un momento, pero Daniela fue más rápida.
-Si no, podemos hacer otra cosa…
-¿Qué cosa?
Daniela acercó su cara más a la de Tom. Dirigió su boca a su oreja y le susurró.
-Algo más divertido…
Tom creyó haber entendido algo… Daniela giró la cabeza, pero no se apoyó en ningún sitio. Sí, Tom lo entendió bien. Daniela acercó sus labios a los de Tom, y lo besó. Y Tom siguió, algo asustado por si había entendido bien lo que Daniela le quería decir…
-Tom, te quiero.
Y volvió a apoyar su cabeza en el hombro de Tom, porque el beso había terminado.
-¿Salimos a bailar a tu terraza?- propuso Tom
-Me parece bien.
Daniela sacó una radio con lector de CD. Tenía un CD con canciones románticas de discoteca, y llevó la radio con el CD dentro a la terraza. Lo dejó apoyado en una hamaca blanca, que parecía gris, con la oscuridad de la noche.
Puso la primera canción, y cuando se quiso dar la vuelta, Tom ya le había sujetado, tenía sus brazos alrededor del cuello de Daniela. Se fijó mucho la noche anterior en la forma de bailar de la gente, y lo quería probar.
Ella lo miró, y después sonrió, con los ojos cerrados. Se movían lentamente, al ritmo de la música… y en ese momento les pareció que todo era perfecto, les pareció estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado. La noche, la música, la persona con la que bailaban, el ambiente… todo era perfecto para ellos en ese momento, nada los podía interrumpir.
Seguían bailando, todo era perfecto… pero la canción terminó. Y fueron cuatro minutos y veinticinco segundos en los que ambos se dieron cuenta de que estaba hecho el uno para el otro, que habían nacido para ser unidos. Y esta vez Tom fue el que habló, pero no con un beso:
-Daniela.
-¿Qué…?
-Tú sabes que yo no sé muchas cosas…
-Sí.
-Te quiero preguntar una un poco especial…
-Dime
-Tú y yo….
-¿Sí?
-¿Somos… novios?
Daniela se sorprendió, y sonrió con una de sus pícaras sonrisas.
-¿He hecho una pregunta muy ridícula?
-No sé… ¿tú crees que es ridícula?
-Pues…
-¿Tú crees que somos novios?
Tom se detuvo por un momento. Recordó lo poco que sabía sobre el amor, que era lo que había leído y oído por ahí.
-No sé…
-¿Pero te gustaría que lo fuéramos?
Daniela le estaba pillando por todos los lados.
-Sí.
Entonces le tocaba responder a ella. Pero no, no con palabras.
Acercó sus labios a los de Tom, y lo beso, muy cariñosamente, como nunca lo había hecho, su beso fue más dulce que nunca, más especial que nunca, fue el beso más especial que Tom y Daniela se habían dado nunca. Y el beso fue largo, muy largo, parecía no terminar nunca, pero a ellos no les importaba, les encantaba, era una sensación que ninguno de los dos había sentido nunca.

-¿Me quieres?- preguntó Tom
-Pues claro, claro que sí…
Eran palabras que sobraban, que el viento se llevaba, entre cada beso y cada caricia… Y todo el ambiente se llenaba de amor, eran alegres, felices, se besaban, se acariciaban, a veces sonreían, o dulcemente se miraban… y estuvieron así varios minutos, posiblemente varias horas… ¿Mucho tiempo? No, el amor no entiendo de tiempo, de prisas, de horas, de minutos, el a mor no es un desperdicio, el amor es algo perfecto, algo que quizá no se pueda describir con palabras, pero sí se puede sentir.
Cuando todo acabó, cuando ya creyeron cansarse de su primera hora amándose de verdad, decidieron ver la segunda película, por mucho que fueran las doce y mucho de la noche, por mucho que les conviniese más dormirse y descansar.

La película, supuestamente era para reír a carcajada viva, pero ellos, tumbados en la cama, abrazados el uno al otro y tapados con el edredón por el frío del aire acondicionado que no querían apagar, no se reían, sí sonreían, pero no le hacían apenas caso a la película, ellos se sumían en sus pensamientos, en sus ideas claras y otras no tanto, en el amor, en su amor.
Y tras la hora y algo de la película, decidieron quedarse ahí a dormir, sin tener que moverse, sin tener que sacar el CD del reproductor, sin tener que ponerse el pijama, sin tener que recoger los restos de la cena… simplemente amándose, queriéndose, siendo felices juntos, abrazados.

18 jul. 2011

Capítulo Cinco

-Tom, cuando salgas de a ducha vístete, ¡que nos vamos al videoclub!
-Vale, ¡pero sácame algo de ropa!
Daniela se dirigió a la habitación de Tom. Abrió el armario, algunas ropas estaban colgadas, otras aún en sus respectivas bolsas y con etiqueta. Sacó un pantalón vaquero oscuro largo de una bolsa de H & M y eligió una camiseta de manga corta, azul oscura y con unas letras de colores de Springfield.
Dejó el conjunto sobre la cama, y le sacó las DC azules y negras del armario y las puso debajo de la ropa, en el suelo.
Cuando se disponía a salir, la mochila beis oscura, desgastada y vieja, llamó su atención. Rebuscó dentro, en el bolsillo superior. Encontró un par de jerséis negros, un par de pantalones de chándal grises y cuatro camisetas, dos blancas, bueno, que eran blancas, y otras dos marrones. De repente se dio cuenta de que algo brillaba bajo la ropa. Oyó pasos. Oh, no. Guardó la ropa que había sacado rápidamente en la mochila y la cerró, tal y como la había dejado. En cuanto iba a salir Tom abrió la puerta:
-¡Qué bien se ducha uno en tu ducha!
-Sí, la verdad…
-Me voy a vestir.
-¡Te espero en el salón!
Daniela se sentó en el sofá y se retocó el pelo con las manos. “¿Qué era eso?” pensaba ella. Intentó quitárselo de su cabeza, tenía que preocuparse de otras cosas.
A los diez minutos Tom ya se había vestido y se había secado y peinado el pelo.
-¿Vamos?- le preguntó a Daniela.
Ella asintió con la cabeza.
-¿Cuánto cuestan más o menos las películas?

-Bueno, yo no las compro, yo las alquilo… alquilarla por un día cuesta 2 euros por película. Pero si alquilas dos películas por un día, en vez de valerte cuarto euros, te valen tres euros con setenta y cinco. Es una especie de oferta.
-Ah, claro, entiendo… ¿Y cómo se llama el sitio?
-Videoclub.
-Ah, sí eso.
Fueron en moto, y tardaron unos cinco minutos.
-Eh, Dani, que rápido hemos llegado…
“Dani. Nunca, nunca me había llamado así. Quizá empiece a coger confianza”.
Daniela sonrió.
-Me has llamado Dani.
-Qué va.
Daniela quiso picarle.
-¡Me has llamado Dani!
-¡Qué dices tú!
-Dani, Dani, ¡me has llamado Dani!
-Vale, ¿te gusta que te llamen Dani? Dani, Dani, Dani, Dani, Dani, Dani, Dani, Dani, Dani, Dani, Dani, Dani…
-¡Vale ya pesado!
-Te ha gustado, ¿eh?
-Sí, sí… anda, entra.
Entraron en el videoclub. Tom se impresionó. Era enorme, y tenía cientos y cientos de películas, ordenadas por distintos temas, como por ejemplo, él leyó: amor, guerra y venganza. Las dos últimas le parecieron algo crueles para ser temas de película.
-¿Dé qué tema veremos las películas?
-No sé, pero prefiero que sean de distintos temas. Primero vemos podemos ver una triste y luego la otra para alegrarnos.
-Vale, primero vemos una de drama, de amor pero de estas que terminan mal, que terminas llorando… y después podemos ver una de risa.
-¡Genial!
Recorrieron pasillos, vieron portadas de películas, se rieron con unas y les entró el miedo con otras. Otras muchas eran absurdas y la mayoría le sonaban a Daniela. Y era increíble la cantidad de películas que había y que no se repitiera ninguna. Había títulos que se parecían, y argumentos que tenían algo que ver. Actores o actrices que aparecían en dos películas seguidas, o algunos que no los habían visto en su vida. Gente guapa, gente fea, directores buenos, y otros no tanto… un mundo por descubrir para Tom.
Poco después, llegaron al mostrador con dos películas en la mano: 3MSC y Spanish Movie.
-Tres euros con setenta y cinco, por favor.- Pidió la chica del mostrador.- ¿Su nombre es?
-Daniela Watt- respondió ella.
En ese momento Tom se quedó paralizado. Daniela Watt. Era la chica a la que quería matar. Sí, ella. ¿Ella no merecía vivir? Entonces la miró, la miró a los ojos. Recordó todo lo que había aprendido gracias a ella, lo guapa que era, sus ojos, sus besos, sus preguntas, sus maneras de enseñar las cosas… y decidió. “No la voy a matar”, pensó, “hoy mismo tiro la navaja”. Y sonrió para sí. Y le pareció el momento de decirle a Daniela que la quería, pero se dio cuenta de que estaba en un sitio público y no podía hacerlo.
-Vámonos- le dijo de pronto Daniela.
Él fue tras ella, se montaron en la moto y regresaron. Llegaron a la casa alrededor de las seis.
-Mira, Tom, tengo estos menús, que son de restaurantes que traen comida a domicilio.
-A ver.
-Hay: Hamburgueserías, pizzerías, kebabs, restaurantes de comida normal, eso sí, más caros…
-Un día comí una hamburguesa, ¡quiero cenar eso!
-Vale, pediremos ahí.
Se divirtieron eligiendo las hamburguesas, riéndose por los ridículos nombres que los dueños les habían elegido… Como dos novios enamorados.
A las nueve, los repartidores a domicilio legaron y les entregaron todo. Daniela pagó. Tom puso la mesa del salón más apartada del sofá, para poder abrirlo y convertirlo en una cama, tal y como Daniela le explicó. Comerían apoyados en la mesa, sentados al borde del sofá cama, mientras veían la película, pero cuando terminaran de cenar, la verían con la espalda apoyada a la pared, y tapados por las mantas. ¿Era un buen plan?
-Aquí trago todo.- Daniela iba cargada con las dos hamburguesas, que las había puesto en dos platos distintos, con las patatas repartidas en un plato y las dos latas de Coca-cola.
-¿Primero que peli vamos a ver?- preguntó Tom. Mientras, Daniela lo colocaba todo. Cuando terminó de poner las cosas en su sitio, dijo:
-Tres metros sobre el cielo, que dicen que al final se llora mucho.
Daniela sacó el CD de la caja y lo metió en el reproductor DVD. Tocó un botón en el reproductor, cambió al modo AV2 en la televisión y la película empezó.
Tom la miraba casi sin pestañear, y solo apartaba la mirada para darle un mordisco a la hamburguesa, beber un trago de Coca-cola o comerse una patata. Daniela en cambio estaba algo nerviosa. Quería… quería preguntarle a Tom, quería pedirle salir de verdad. No sabía exactamente cómo hacerlo, no sabía si Tom le iba a entender o le iba a mirar como si fuese lo más raro que le habían preguntado en la vida.
Había muchas cosas que Tom no entendía de la película y que Daniela le explicaba, hasta que llegaron a la parte de la película en la que lo que se ve, es casi todo romántico. Ahí parecía que Tom entendía todo. Un poco después de que empezara el tramo romántico, terminaron de comer. Daniela apartó la mesa, porque no le apetecía nada ponerse a recoger. Se sentaron apoyados a la pared, y siguieron viendo la película.

16 jul. 2011

Capítulo Cuatro.

Cuatro de septiembre. Parecía un buen día, pese a las nubes grises que ya se iban hacia el oeste.
Daniela se despertó sobre las nueve de la mañana. Se dio una ducha, se puso el albornoz, y fue a despertar a Tom. Tocó la puerta de su habitación ligeramente, y oyó un ligero movimiento dentro.
-Tom… levántate, anda, vamos a desayunar.
Tom se levantó, miró la hora, suspiró, se puso la camisa del día anterior y salió. Bostezó según abrió la puerta y se sentó en la mesa. Daniela se acercó a él.
-¿No te importará si me visto así para desayunar, verdad?- preguntó Tom.
-No.- respondió Daniela, con una ligera sonrisa.
Entonces llegó el abuelo con dos desayunos y los posó en la mesa.
-Yo me voy, chicos.- dijo- No vuelvo hasta mañana, me quedo en casa de un hermano, en el pueblo de al lado. Por ahí tenéis comida, si no, pedir comida a domicilio.
-Adiós, abuelo.
-Adiós.- exclamó Tom.
El abuelo se despidió y salió por la puerta. Daniela miró a Tom con una sonrisa pícara:
-¡Esta noche va a ser nuestra noche!
-¿Qué quieres decir con eso?
-Lo tengo todo, o casi todo, planeado, mira: por la tarde alquilamos un par de películas en el videoclub, estoy segura de que, con lo poco que has visto la tele en tu vida, nunca habrás visto una película. Cogemos dos por si acaso. Después pedimos hamburguesas para comer a domicilio. Las películas las vemos mientras cenamos y después de cenar. Cuando terminemos con las películas, si nos apetece, podemos salir a la terraza, poner la música bajita y bailar un rato…
-¡Cómo te lo planeas! Me parece genial…
Ambos se dirigieron una mirada cariñosa y una sonrisa, que valí mucho, muchísimo más que mil palabras.
-Cuando acabemos de desayunar, vístete con la ropa más elegante que tengas, si quieres te la elijo yo, y después, vamos a buscarte un trabajo.
-¡Perfecto!
Terminaron de desayunar y Daniela le eligió a Tom una ropa elegantemente pensada para causar buena impresión y Daniela también se vistió elegante.
-Aunque sea domingo, -explicó Daniela- la agencia de trabajos “oportunidades para todos” abre, aunque sólo por la mañana.
A las once ya estaban perfectamente preparados para marcharse.
-Puede que te hagan entrevistas, Tom, así que no te pongas nervioso, y sé tú mismo.
-Vale, vale.
-Vamos en moto, que no me apetece andar.
Daniela se sentó en el asiento del conductor y Tom detrás de ella. Él estaba agarrado a la cintura de Daniela, para no caerse. Daniela encendió el motor, pisó el pedal, y comenzó a conducir. A los diez minutos ya tenían la moto aparcada en los aparcamientos enfrente de la agencia de trabajos.
Tocaron el timbre de la puerta principal y entraron.
-Hola,- les saludó un hombre, sentado en una mesa al lado de un pequeño ordenador.- ¿qué desean?
-Venimos buscando trabajo para él, -explicaba Daniela.
-¿Tienes carrera?
-No.
-¿Qué has estudiado?
-Ciencias. Matemáticas, física y química.
-Vale.- el hombre tecleó algo en el ordenador.
Tom sólo había visto un ordenador una vez, un año atrás, cuando les explicaban algo sobre matemáticos famosos.
-Te han salido seis ofertas de trabajo en las que podrías empezar a trabajar ya mismo, y ochenta y un ofertas de trabajo en las que, para trabajar, tendrías que esperar.
-Enséñenos esas seis, por favor.- pidió Daniela.
-Bien…- comenzó el hombre- tienen: tres de profesor de matemáticas, ayudante de laboratorio, profesor de ayuda de química y profesor de ayuda de física. ¿Cuál le parece más apropiada para usted, señor?
-Me quedo con la de profesor de ayuda de química.
-Vale, ahora tiene que rellenar este formulario, y en menos de cuatro días sabrá la respuesta de la persona que ha ofrecido este trabajo, es decir: lo que tendrá que hacer, el dinero que recibirá por ello… esas cosas, ya entiende.
El hombre le entregó a Tom un papel con un formulario para rellenar, no muy largo, de seis preguntas. Tom las respondió hábilmente y al final, abajo del todo, firmó con su nombre y un ligero garabato.
-Muchas gracias, le haremos llegar su respuesta, pero necesitamos un número de teléfono.
-Ya le doy yo el mío,- intervino Daniela.
Y el hombre apuntó el número de teléfono de Daniela.
Al salir, se montaron rápidamente en la moto, y volvieron, en menos tiempo del que habían llegado.
Al entrar a la casa, Tom rompió el silencio.
-¿Qué rápido hemos terminado, no?
-Sí, me encanta esa agencia, siempre hay oportunidades.
-¿Me enseñas tu móvil?
-Claro.
Daniela le dejó su Samsung Galaxy s 2. Tom lo miraba asombrado. Tocó un botón y la pantalla se encendió. De fondo de pantalla tenía una foto de una niña pequeña con su madre.
-¿Quienes son estas?
-Mi madre y yo.
Tom le devolvió el móvil.
-Toma, es precioso. Espero tener uno como ese pronto.
-Tom, ¿Sabes cuándo es tu cumpleaños?
-Sí, es el diecisiete de enero. Es una de las muchas fechas que tengo memorizadas en la cabeza.
-¿A qué te refieres?
-Me acuerdo de mi cumpleaños, del día en el que mis padres murieron, del día en el que empecé a estar en el orfanato, el primer día que me castigaron en el orfanato…
-¿Y ese día cual fue?
-¡El primer día en el que entré!
Y se empezaron a reír. No a carcajadas, pero reían, se sentían felices. Se sentaron en el sofá a ver la televisión. Era un programa de estos del corazón, en el que aparece gente contando su vida, contando a quién perdió y a quién quiere recuperar, y al final lo recupera, entre llantos, posiblemente falsos, y aplausos del público.
Una señora que quería recuperar a su marido, decía que él no paraba de preguntarle cosas como “¿Tú me quieres?” o “¿Te sigo gustando?” Entonces Daniela apoyó su cabeza en el hombro de Tom y le preguntó:
-Tom…
-¿Sí?
-¿Tú me quieres?
Tom se quedó perplejo, no se esperaba esa pregunta para nada. Dirigió su mirada hacia Daniela. Esperaba la respuesta con sus ojos azules brillando, que miraban hacia él y su boca entreabierta, ni triste ni feliz.
Entonces Tom encontró la respuesta más eficaz a su pegunta. No quería admitirlo, no quería admitir para nada que Daniela le gustaba, que Daniela le encantaba, que era perfecta para él… Entonces se acercó a ella y la besó.Daniela se dejó, se dejó llevar por el dulce significado de ese beso. Ese beso duradero, ese beso que fue más que un beso, ese beso en el que compartieron algo más que el amor, ese beso… que lo significaba todo.
Después de aquel enigmático beso, siguieron viendo la tele, pero sin prestar ni un poco de atención. Ambos pensaban en lo mismo, pero lo hacían sin hablar. Pensaban en el otro, en lo que le querían, en lo especial que era para ellos, en el poco tiempo que lo habían conocido…
Poco después, se fueron a comer, y planearon como sería la tarde: saldrían a buscar las películas alrededor de las cinco. Tomarían algo por ahí y después estarían en casa. Luego cenarían, verían las películas… y después lo que surgiera.

Capítulo Tres

Habría muchas cosas que Tom no sabría, y otras muchas que Daniela sabría mejor que Tom… pero a bailes en pareja no le ganaría nadie. Ya aprendió a bailarlos en el orfanato, y, a pesar de que sorprenda, también los bailaban con música actual, a la moda…
Daniela parecía cariñosa y Tom, demasiado emocionado, seguramente por la bebida. Ella puso sus brazos alrededor del cuello de Tom, y ambos empezaron a moverse, suavemente… La música era tranquila, pero no exageradamente. Él puso sus brazos alrededor de la cintura de Daniela y ella apoyó su cabeza en el pecho de Tom.
Y así estuvieron, bailando el uno con el otro, despacio, tranquilamente, mirándose, sonriéndose, disfrutando… estaban felices.
Poco después, a Daniela le entró la sed. Alzó la vista hacia Tom, y entonces le preguntó:
-¿Vamos a tomar algo?
-Sí, me apetece otro Boca
-¿Vodka?
-Sí, eso.
Daniela emitió una dulce risa. Tom sonrió. Daniela se acercó a la barra y pidió:
-Dos Vodkas con limón, por favor.
-Un segundo…
Les sirvieron un par de divertidos vasos, con una pajita rosa en cada uno y con una sombrilla naranja con purpurina.
-¿Por qué ahora ponen adornos?- preguntó Tom.
-Todo se vuelve diferente a partir de las doce.- respondió Daniela, con una sonrisa pícara.
Se sentaron en un par de sillas altas alrededor de una mesa blanca.
-Me lo estoy pasando genial.- dijo Tom- Y esto del alcohol… ¡me encanta!
-Uf, ¡la de cosas que te quedan todavía por descubrir!
-¿A qué te refieres?
-Todavía tenemos que hacer mil cosas, si te apetece mañana podemos ir a un parque de atracciones.
-¿Y ahí qué se hace?
-¡Sentir las emociones que nunca antes has sentido, te lo digo yo!
-¿Me voy a caer de un precipicio o algo?
-¡Más o menos!- Daniela río alegremente y le dejó a Tom la intriga de qué sería el parque de atracciones.
Siguieron hablando durante un rato, de las miles de cosas que podían hacer, bebían sorbos de Vodka cada poco, se dirigían miradas amorosas sin darse cuenta. De repente Tom quiso resolver una duda:
-¿Tú trabajas?
-No, todavía estoy con las recuperaciones de segundo de bachillerato.
-¿No tendré que buscarme un trabajo si no estudio?
Daniela se quedó boquiabierta.
-¡Es verdad! Mañana, cambio de planes, ¡nos vamos a encontrarte un buen trabajo!
- Vale, pero el parque de atracciones para pasado, ¿eh?
-Bueno, si tú quieres….
Y reían, y sonreían, y se alegraban y eran más felices por momentos. Cuando ya terminaron la bebida Daniela propuso:
-¿Vamos otra vez la pista de baile?
-Sí, ¡pero vete a pagar primero!
-Ah, sí, ¡lo olvidaba!
Daniela pagó y fueron juntos hacia la pista de baile. Se volvieron a agarrar como la vez anterior, como si fueran un par de enamorados. Había gente que los miraba asombrados, había otros a los cuales, había que mirar asombrados a ellos, por la de besos y piropos que soltaban mientras bailaban.
Entonces a Daniela se le subió la bebida, parecía otra, estaba mucho más alegre, más feliz y además… con muchas ganas de fiesta.
-Eh, Tom…- le susurró dulcemente al oído- Bésame.
Tom se quedó perplejo, no sabía qué hacer, ni por qué Daniela hacía lo que hacía. Entonces Daniela lo miró, con esos ojos, ojos azulados, que trasmitían todo el amor por Tom que quería ocultar, pero no había podido aquella vez. Tom no pudo resistirse y la besó. La beso en los labios, suavemente, dulcemente, despacio… No puede saberse con cuanta exactitud, pero a Tom le encantó.
Daniela lo miró otra vez y le sonrió. Le volvió a susurrar al oído:
-Estoy cansada, vámonos a casa…
-¿Qué hora es?
Daniela se apartó de él, miró al reloj y exclamó:
-La una menos cinco.
-¿Nos vamos?
-Sí, que a partir de la una empieza a llegar la gente, y no es tan agradable.
Salieron a fuera y Daniela se quejó:
-Tengo frío.
-Te dejaría mi chaqueta, pero no tengo…
-Llévame….
-¿Qué?
-Cógeme y llévame en brazos…
Tom la cogió, pesaba poco, para lo que él estaba acostumbrado. Olía bien, como a rosas, sí, a perfume de rosas. Le encantó. Nunca había llevado a una chica que olía a rosas y estaba vestida como una de ellas, en brazos.
Mejor dicho, nunca se había enamorado de una chica, y había tenido la oportunidad de llevarla en brazos hasta su casa, y quedarse en ella.
Daniela cerró los ojos y apoyó su bolso en su tripa. Estiró los brazos y los acomodó alrededor del cuello de Tom. Llegaron a la casa pronto y abrieron la puerta cuidadosamente para no despertar al abuelo. Estaba dormido, se oían sus ronquidos desde fuera. Entraron sigilosamente, y cuando Tom se iba a ir a su cuarto, Daniela le detuvo:
-Tom,- parecía haberse recuperado un poco- ¿Te importaría darme un beso de buenas noches?
Tom no se lo pensó esta vez:
-Claro.
Se acercó a ella, la abrazó, la besó en los labios. Fue el beso más largo de su vida. Ella le besó con deseo, con amor, él la besó como ni siquiera él mismo sabía, la beso, no sólo para complacerla, la besó porque en el fondo la quería.
Cuando el beso terminó, Tom fue el más rápido:
-Buenas noches.
-Hasta, mañana, recuerda que encontraremos tu trabajo tú y yo juntos.
Daniela le guiñó el ojo tras decir la última frase. Y se fue a su habitación.
Tom entró a su cuarto, se quitó la ropa y la apartó en una silla. Tenía mucho sueño. Rebuscó en la mochila. ¿Qué buscaba? Lo encontró. La navaja. La pequeña y afilada navaja de acero que robó del orfanato que marcó parte de su vida. “¿Cuándo lo hago?”, pensaba, “¿Cuándo la mato y me olvido de esto de una vez”.
Cinco minutos después, seguía con la navaja en la mano. “¿En serio quiero matarla?, ella, es tan especial… me ha enseñado y me enseñará tantas cosas que yo no sé… ¿Por qué lo hace? ¿Quiere confundirme? No, simplemente me quiere. Y, ¿Cómo sé que me quiere, si no me lo ha dicho…?” Y tras todas estas reflexiones guardó la navaja en la mochila, bien escondida y se durmió.
Por otro lado, Daniela dudaba en su habitación. “Si vino hasta aquí para buscarme, no creo que sólo lo hiciera para conocerme. Mi padre mató a los suyos, más o menos, porque mi padre causó el accidente, aunque fuera sin querer…”

Capítulo Dos.

El dos de septiembre amanecía lluvioso y algo más frío que el día anterior. Tom y Daniela desayunaban tranquilamente, hablando de sus cosas, comentando anécdotas, mientras el abuelo limpiaba el baño y el garaje.
-El lunes me dicen la nota de la recuperación, espero haberla aprobado.- comentó Daniela.
-Sí, suerte. Por cierto, que vas hacer hoy.
-Había pensado… bueno, es una sorpresa.
-¿Para mí?
-Sí.
-¿Y cuando me darás esa sorpresa?
-Nos vamos después de desayunar.
-Bien.
Después de desayunar y de vestirse, Daniela vendó los ojos de Tom y lo montó en la parte trasera de su moto.
-Tardamos poco- le susurró al oído.
Tom sonrió. Le estaba gustando aquel juego.
El viaje duró unos diez minutos. Daniela se bajó de la moto y le ayudó a Tom a bajar. Aún no quería destaparle la vista. Daniela le cogió a Tom de la mano y empezaron a caminar. Entraron en un centro comercial, después entraron a una tienda de moda masculina, y entonces le destapó los ojos.
-Te ayudaré a elegir algo de ropa. Con la que tienes no durarás mucho aquí.
-Pero si yo no tengo dinero…
-Yo sí, anda vamos.
-¿Te lo tendré que devolver?
-De momento no, pero bueno, de alguna forma me podrás compensar…
Tom sonrió, no podía evitarlo.

Y así estuvieron, toda la tarde de tienda entienda, riéndose, hablando de moda, Daniela le enseñaba a Tom lo que estaba de moda, y Tom opinaba, sobre prendas ridículas o vestidos incómodos.
Tom tenía la navaja en la mochila, en casa. Y en esas tres horas que estuvo de compras, no la echó en falta, ni siquiera la recordó.
Alrededor de las siete volvieron a casa, con cuatro bolsas en las manos, una dulce sonrisa en la boca, y más ganas de vivir.
-Esta noche podemos salir de fiesta. Te puedo enseñar lo que es una discoteca, por que dudo que lo sepas, también te puedo enseñar a bailar, a beber alcohol…
-Eh, ¡que sí sé lo que es el alcohol, aunque no lo haya probado!
Se reían. Se dirigían sonrisas y miradas dulces, cariñosas, de deseo… Pero a veces Tom intentaba evitarlas, aunque no sabía que estaba descubriendo el amor.
-Tengo una idea.- dijo Daniela- Podemos comer en una pizzería que hay cerca de una discoteca. Yo no suelo ir mucho a las discotecas pero antes cuando tenía novio iba casi todos los fines de semana.
-¿Ya no tienes novio?
-No…
-No me digas, murió.
-No,-sonrió Daniela- me dejó, hace unos cinco meses. Empezó a verse con otra hasta que al final me dejó.
-Vaya…
Tom empezó a darse cuenta de que en el fondo tenía sentimientos. Alzó la vista. Daniela tenía lágrimas en los ojos, que tarde o temprano resbalarían.
-Eh, tranquila. Todos pasamos por momentos malos que hay que olvidar. Olvídalo, ¿vale?
Daniela lo miró. Todavía tenía los ojos brillantes. Se miraron durante unos diez segundos. Diez segundos de suspense. Diez segundos en los que puede pasar algo que lo cambien todo. Diez segundos, en los que puedes pasar, de estar triste a estar feliz. Los diez segundos más largos de tu vida.
Tom detuvo los diez segundos y miró al reloj de la cocina.
-¿Sobre qué hora iremos a cenar?
-Normalmente suele haber mucha gente, así que nos podemos acercar sobre las ocho y media. Si te apetece, ahora nos duchamos, nos vestimos arreglados para la discoteca y salimos.
-Vale, yo me ducho primero.
-Bien, yo de mientras decido lo que ponerme, pero no tardes, un cuarto de hora máximo.
Y así fue. Tom tardó quince minutos en ducharse, seguramente la ducha más larga de los últimos doce años, y se vistió lo que Daniela le recomendó para salir. Después Daniela se duchó se puso un fantástico vestido morado, se preparó bien, se peinó, sacó alguna joya que otra, una cartera con bastante dinero, y unos zapatos negros de tacón.
Cuando Daniela salió de su cuarto y Tom la vio, pensó que era la mujer más guapa que había visto en su vida. El pelo tan largo y ondulado, y esos ojos, tan destacados maquillados, tan azules, tan preciosos, su cara, bella, perfecta… Pero lo único que le dirigió fue una sonrisa.
Pero Daniela también se asombró al ver a Tom. Se había peinado como si fuera rebelde, y no le quedó nada mal. Y la ropa nueva… Daniela le eligió la ropa con la que mejor se le notaba su espléndido cuerpo y le quedaba genial. Tenía una camisa roja mal atada, para parecer informal y unos vaqueros negros que le quedaban como un guante. Después tenía unas zapatillas converse rojas, sin atar y con los cordones por dentro.
-Ya tengo todo preparado, y he cogido bastante dinero por si acaso.
Tom sonrió.
-¿Pero tú de dónde sacas todo ese dinero, trabajas o algo?- le preguntó Tom.
-Es… de la herencia de mis padres.
Tom creyó confundirse.
-Perdón…
-Da igual.
Él intentó pensar algo rápido para animarla, para que saliera de casa co una sonrisa. Tuvo una idea, no muy buena, pero una idea.
-Oye, y eso del alcohol…
-¿Qué?
-¿Si me emborracho? ¡Es la primera vez que bebo!
-¿¡Qué te vas a emborrachar?!
Y se empezaron a reír. Duró poco ese conjunto de carcajadas, pero al menos a Daniela se la veía más animada. Antes de salir Daniela gritó:
-Abuelo, nos vamos de fiesta, no nos esperes para cenar.
El abuelo salió de la cocina y les sonrió. Hacía tiempo que Daniela no salía de fiesta.
-No nos hace falta ir en moto,- informó Daniela- está bastante cerca.
Y fueron a pie, disfrutando de la tranquilidad de un dulce atardecer veraniego.
Llegaron a la pizzería a las nueve menos diez y se sentaron en una mesa cercana a la barra, para dos personas. Cada uno cogió un menú.
-Tienes que elegir algo de aquí que te guste, o si quieres, podemos compartir una pizza grande para los dos.
-Vale, me parece bien lo de compartirla… ¿Cuál cogemos? Hay muchísimas.
-A mí me gusta mucho la pizza “Lovedays”. Tiene queso, tomate y en el centro un corazón de jamón serrano gigante. Está deliciosa.
-Vale, pedimos esa.
-Y para beber, ¿qué quieres?
-Agua.
-¿Agua?
-El alcohol mejor para después…
-Vale, pero ahora pídete una Coca- cola.
-¿Y eso que es?
-Una bebida con gas, está riquísima, fíate de mí.
Y entonces pidieron la pizza “Lovedays” y dos Coca- colas medianas. Media hora después llegó la comida.
-¡Qué bien huele!- exclamó Tom.
-Sí, toma un trozo, pruébala.
Daniela ofreció un trozo a Tom, el mordió un cacho de la punta, masticó, lo saboreó y después dijo:
-Es de lo mejor que he probado en mi vida.
-¡Pues ahora prueba la Coca-cola!
Tom bebió un sorbo, algo inseguro y después de tragar, dejó el vaso en la mesa y empezó a toser:
-¡Pica! ¡Pica!
Daniela le tranquilizó:
-Es del gas, ¡no grites!
-¿Enserio te gusta esto?
- Ya verás lo bien que te sabrá cuando te acostumbres.
Y así fue. Al fin y al cabo, a Tom le encantó eso de la Coca- cola. Y también la pizza. Y el ambiente de comer en una pizzería. Y lo agradable que resultaba hablar con Daniela. Y por un momento recordó la navaja. ¿De verdad quería matarla? “Lo haré”, pensaba. “Cuando más daño le pueda hacer”.
Y seguía sonriendo, comiendo, riéndose, hablando con Daniela, diciéndose mil cosas que en realidad no significaban nada, hablando, contándose hechos, suyos y de otros… hablando.
Eran las diez cuando ya habían terminado de cenar.
-En total son quince euros…- decía Daniela.- Aquí los dejo, señor.- Indicaba el platito en el que le habían dejado la cuenta.
-¿Nos vamos?- preguntó Tom.
-Sí claro.- respondió Daniela.- Todavía son las diez, la discoteca no la abren hasta las once… ¿Te apetece dar un paseo por los alrededores?
-Por supuesto.
A Daniela le encantaba que Tom siempre aceptase las cosas con alegría, sin dificultades. No le preocupaba nunca la respuesta de Tom, sabía que siempre iba a ser positiva y eso le gustaba.
-Me encantan las noches de verano.- comentaba ella- Son siempre muy tranquilas, y lo bueno es que no hace frío, ni calor…
-A mi también. Aunque puede que sea porque nunca he visto una noche de esta manera. Ahí está la luna, ahí las estrellas, aquí nosotros…
Se detuvieron y se miraron a los ojos. Tom era algo más alto que Daniela, ella tenía la cabeza girada hacia arriba, para poder ver sus ojos.
-Nosotros… -repetía Daniela.
Y sus cabezas se acercaron. Y aunque Tom no había conocido el amor, había leído libros, muchos libros que la gente traía de sus casas, muchos libros de amor, de romanticismo. Y entonces… sus labios se rozaron. Y todo terminó en un beso, un simple beso…
-¿Qué hora es?- Tom separó sus labios de los de Daniela, con algo de vergüenza y un poco sonrojado.
-Falta un cuarto de hora, ¿Vamos yendo? –propuso Daniela.
-Vale.
Y volvieron por donde habían venido, en silencio, sin hablar, sin ni siquiera atreverse a dirigirse una mirada.
-Ya hemos llegado. ¿Preparado para probar mil sabores y sensaciones nuevas?
-Más o menos… sí.
Tom estaba algo inquieto, parecía nervioso. Acababan de abrir la discoteca, y ambos entraron, mirando todos los detalles, observando todas las luces.
-Vamos, aquí está la barra.
Ambos se dirigieron a una barra transparente y un chico joven les atendió rápidamente:
-¿Sí?
-Hola, dame una Heineken, un poco de Vodka con limón y una Sandy.
-Vale, un minuto.
Poco después, les sirvieron tres vasos, con lo pedido.
-Toma,- le ofreció Daniela- prueba esto, es lo más suave.
Tom tragó un poco de Sandy, y lo saboreó.
-Esto está rico.
-Estoy es Heineken, prueba, prueba…
-Bueno, no me gusta tanto…
-Prueba esto, te va a encantar.
Tom probó el Vodka con limón.
-¡Qué bombazo! ¡Qué sabor!
-Qué, ¿te gusta?
-¡Es genial! Un poquito fuerte…
-Sí, anda, ¡vamos a bailar, luego beberemos más!
Daniela dejó las tres bebidas pagadas y el resto de ellas en la barra, y condujo a Tom a la zona de baile.

Capítulo Uno.

Día uno de septiembre de dos mil nueve. Era un día seco, nublado y algo caluroso.
-… y te recuerdo que si te quedas sin nada, no tienes donde vivir o te falta dinero, puedes regresar.
-Gracias, buenas tardes.
-¡Siguiente!
-Hola, señor director.
-Vaya, Tom Hans… Bueno, te explico, en esta mochila tienes tu ropa, agua y veinte euros, el dinero necesario para lo que tardes en encontrar trabajo.
-Gracias, señor.
-No desperdicies el dinero a lo tonto, ya aprendiste bien como hacer buen uso de ello. Supongo que la mayoría lo utilizarás para comida, y te recuerdo que si te quedas sin nada, no tienes donde vivir o te falta dinero, puedes regresar.
-Sí, señor, buenas tardes, señor.
-¡Siguiente!
Y Tom abandonaba la sala de dirección, dejando atrás una cola de cientos de personas. Aquel día, uno de diciembre, era el día en el que los jóvenes residentes en aquel orfanato, que cumplían dieciocho años y estaban dispuestos a abandonarlo, se iban de allí.
En cuanto Tom salió por la enorme y roñada puerta del orfanato, Alex, un amigo, se acercó a él.
-Tom, tenemos que decidir ya lo que vamos a hacer.
-Dirás tienes que decidir ya, porque yo lo tengo todo muy claro.
-¿Tú qué vas a hacer?
-¿Recuerdas como murieron mis padres, verdad? Ya te lo dije…
-Sí, sí.
-Pues resulta que, en el coche contra el que chocaron, había un padre con su hija. El padre falleció, pero no la niña…
-¿Y bien?
Tom asomó una navaja, pequeña pero afilada, del bolsillo de su pantalón vaquero, desgastado y descolorido.
-¿Pero de dónde…?
-Y eso que importa… me la voy a cargar.
-¿A la niña?
-No, al perro… Obviamente, a la niña, aunque ahora mismo, de niña poco… Tendrá unos diecisiete, digo yo…
-Tío, que tienes dieciocho años, que si te pilla la poli…
-¿Oye, aguafiestas, tú te crees que yo no sé que existe la cárcel? Y ahora vámonos de aquí, que cualquiera que nos oiga…
Y Alex empezó a correr tras Tom, cruzando el jardín que durante doce años fue su patio del recreo, cruzando el jardín, yéndose lejos de aquella miseria que los acompañó desde su infancia.
Llegaron a una fuente, tres calles más abajo del orfanato, y empezaron a beber, como si no lo hubieran hecho en su vida.
-¡Agua sin cal, Alex!
-Voy a rellenar mi botella de agua con agua, porque para lo que tiene dentro…
-Buena idea.
Y ambos vaciaron la botella y la volvieron a llenar con el agua de la fuente. Se sentían orgullosos y a la vez más sanos, de haber bebido, doce años después, un poco de agua sin nada de cal.
-Vamos a mangarnos un librillo de estos de páginas amarillas.- dijo Tom
-¿Páginas amarillas? Cómprate uno de páginas normales, no empieces con colorines…
-¿Pero qué dices, tío? Los libros de páginas amarillas son los libros que tienen direcciones y teléfonos de la gente, ya nos lo enseñaron hace poco, se ve que muy atento no sueles estar…
-Ah sí, eso….
Tom, no estaba muy seguro de si Alex había entendido algo, pero de todos modos, siguió adelante buscando un punto de información.
-Mira, vamos a ver ahí.- señaló Tom.
Se dirigieron a un quiosco, que tenía un cartel que decía: información.
Tom, como ya había practicado, se dirigió al encargado:
-Perdone, necesitaría yo, un libro de estos gordos, amarillo, con direcciones y teléfonos… Verá usted, estoy muy mal, y busco a mi familia…
-Sí, tenga, a las páginas amarillas se refiere, tenga, tenga, se lo regalo…
Tom se lo arrebató de la mano y se fue corriendo hacia un banco, con Alex a su lado.
-Tío que bien mientes…
Tom le ignoró. Alex quiso romper el silencio:
-¿Y sabes su nombre?
-Claro que sí, imbécil, se llama Daniela Watt, como para no olvidarme…
Tom buscaba velozmente:
-Watt, Watt, Watt… Aquí, Watt. Hay dos. Uno en la calle Diversidad, el otro está bastante lejos, a las afueras, en Clinton.
-¿Vamos primero a la calle Diversidad?
-Sí, portal 12, sexto B.
Tom y Alex llegaron jadeando al portal doce de la calle Diversidad, y, casi sin aliento, tocaron el timbre del sexto B.
-¿Sí?- preguntó una voz desconfiada, posiblemente femenina.
-Mire- habló Tom- venimos buscando a Daniela Watt, ¿Vive aquí, o la conoce usted de algo?
-No, lo siento- exclamó la voz. Y descolgó el teléfono del timbre.
Tom empezó a caminar hacia la derecha y Alex le preguntó:
-¿Recuerdas el número del portal, el piso, y eso?
-Es un chalé, el número tres de Clinton.
Y ambos siguieron adelante, caminando bajo ese bochornoso final del verano, en busca de una persona.
Llegaron alrededor de las dos del mediodía. Alex tocó el timbre de la puerta grande.
-¿Quién es?- respondió una voz, esta vez masculina y algo más amable que la anterior.
-Oiga, buscamos a una chica llamada Daniela Watt, ¿Vive aquí o le suena de algo?
-Pasen.- y la puerta se abrió.
Alex la cerró detrás de sí, y ambos llegaron a la puerta principal de aquel bello chalé.
-Por aquí, síganme.
Era un señor de unos cincuenta y algo años, bien conservado y de alta estatura, con poco pelo y pocas arrugas.
-Ahora mismo Daniela no está – comenzó- está con las recuperaciones de su último año de clase, para después comenzar su carrera. ¿Por qué la buscan?
-Verá…- disimulaba Tom- viejos amigos.
-Ah, bueno, la verdad es que Daniela tiene pocos amigos. Ahora mismo estará al llegar, ¿queréis tomar algo? Son casi las dos y media, hambre, tenéis que tener…
-Sí no es mucha molestia, si que nos gustaría comer algo señor.- pidió Alex.
Rápidamente el hombre abandonó la cocina y se dispuso a repartirles a los dos jóvenes, algo de ensalada que había preparado para él y Daniela.
-Tomad,- les llevó un par de platos.- es ensalada de pasta, a Daniela le gusta.
En ese momento, Daniela entró por la puerta.
-¡Hola, abuelo!
-Hola, Dani, ¡mira quiénes han venido a verte!
Daniela entró a la cocina, y dejó a Tom boquiabierto.
Era una chica guapísima, parecía que se cuidaba, tenía una piel clara, unos ojos azulados, muy dulces, como el cielo azul en un día de verano, pero sin una sola nube. El pelo, castaño claro, muy, muy claro, caía sobre sus hombros, y terminaba a la altura del pecho. Vestía una camisa azul clara, entreabierta, con una camiseta blanca debajo, y unos pantalones grises claros, acompañados de unas sandalias azules y blancas.
-Os dejo solos.- comentó el abuelo.
-¿Quiénes sois?- preguntó Daniela, cuando el abuelo ya había subido al piso de arriba.
Tom contestó:
-Hola, Daniela. Sólo quería conocerte. Estoy solo, acabo de salir de un orfanato, al cual me llevaron cuando el coche de mis padres chocó contra el de tu padre, hará doce años, del cual saliste viva.
Daniela palideció.
-Ah…
-¿Vives sola con tu abuelo?
-Sí, mi hermano y mi madre murieron en un accidente de avión, hace tres años. Con la pérdida de familiares, empecé a no salir, a guardarme n mi casa y sólo ver la calle para ir a estudiar. Perdí a todos mis amigos. Estoy sola desde hace tres años, sola con mi abuelo y con los libros de clase.
-Vaya…- Tom seguía asombrado con su belleza.
-Y tú, ¿no tienes casa, ni nada?
-No, acabo de salir del orfanato.
Hablaban Daniela y Tom sólo, Alex parecía haberse ido de la conversación.
-Pues te podrías quedar aquí, venir hasta las afueras, sólo para conocerme…
-No he conocido chicas en mi vida, ahora que lo dices.
-¿No?
-No, en el orfanato sólo veíamos mujeres en la fiesta de navidad. Aunque de fiesta, mucho no tenía…
-Vaya…
-Aunque sé valorar la belleza de una mujer, de todos modos…
Daniela se sonrojó, Tom sonrió.
Pasaron horas hablando, comiendo, conociendo la casa, conociéndose a ellos mismos. Por la tarde, Alex sorprendió a Tom.
-Bueno, yo ya me voy.
-¿Qué?
-Tú has encontrado lo que buscabas, a Daniela, ahora yo me voy por ahí, a buscarme la vida…
-¿No te parece que esta chica está buenísima?
-Déjame en paz.
-¿Estás ciego o algo?
-Soy homosexual.
-Pero, ¿qué?
-Eso.
-¿Por eso te vas?
-Por eso, bueno, sí, más o menos.
-Eres ridículo.
-Más ridículo eres tú, que te enamoras de tu víctima.
-Sólo estoy dándome tiempo.
-Sí, claro. Adiós.
-Adiós.
Alex abandonó la casa dirigiéndole un leve saludo al abuelo que le dio de comer.
Cuando la tarde cayó, Daniela y Tom ya habían preparado el lugar en el que Tom viviría, por unos días.
-Te puedes quedar aquí el tiempo que quieras.- le explicó Daniela- Pero hay una condición: tendrás que preparar la cena y la comida para los tres.
-¡Pero si yo no sé cocinar!
-Ya te enseñaré yo.
-Vale, me parece bien.
Y así lo hicieron. Aquel día Daniela enseñó a Tom a preparar una tortilla de patatas, y siguieron hablando, riendo, conociéndose mejor, quizá demasiado bien…