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16 jul. 2011

Capítulo Uno.

Día uno de septiembre de dos mil nueve. Era un día seco, nublado y algo caluroso.
-… y te recuerdo que si te quedas sin nada, no tienes donde vivir o te falta dinero, puedes regresar.
-Gracias, buenas tardes.
-¡Siguiente!
-Hola, señor director.
-Vaya, Tom Hans… Bueno, te explico, en esta mochila tienes tu ropa, agua y veinte euros, el dinero necesario para lo que tardes en encontrar trabajo.
-Gracias, señor.
-No desperdicies el dinero a lo tonto, ya aprendiste bien como hacer buen uso de ello. Supongo que la mayoría lo utilizarás para comida, y te recuerdo que si te quedas sin nada, no tienes donde vivir o te falta dinero, puedes regresar.
-Sí, señor, buenas tardes, señor.
-¡Siguiente!
Y Tom abandonaba la sala de dirección, dejando atrás una cola de cientos de personas. Aquel día, uno de diciembre, era el día en el que los jóvenes residentes en aquel orfanato, que cumplían dieciocho años y estaban dispuestos a abandonarlo, se iban de allí.
En cuanto Tom salió por la enorme y roñada puerta del orfanato, Alex, un amigo, se acercó a él.
-Tom, tenemos que decidir ya lo que vamos a hacer.
-Dirás tienes que decidir ya, porque yo lo tengo todo muy claro.
-¿Tú qué vas a hacer?
-¿Recuerdas como murieron mis padres, verdad? Ya te lo dije…
-Sí, sí.
-Pues resulta que, en el coche contra el que chocaron, había un padre con su hija. El padre falleció, pero no la niña…
-¿Y bien?
Tom asomó una navaja, pequeña pero afilada, del bolsillo de su pantalón vaquero, desgastado y descolorido.
-¿Pero de dónde…?
-Y eso que importa… me la voy a cargar.
-¿A la niña?
-No, al perro… Obviamente, a la niña, aunque ahora mismo, de niña poco… Tendrá unos diecisiete, digo yo…
-Tío, que tienes dieciocho años, que si te pilla la poli…
-¿Oye, aguafiestas, tú te crees que yo no sé que existe la cárcel? Y ahora vámonos de aquí, que cualquiera que nos oiga…
Y Alex empezó a correr tras Tom, cruzando el jardín que durante doce años fue su patio del recreo, cruzando el jardín, yéndose lejos de aquella miseria que los acompañó desde su infancia.
Llegaron a una fuente, tres calles más abajo del orfanato, y empezaron a beber, como si no lo hubieran hecho en su vida.
-¡Agua sin cal, Alex!
-Voy a rellenar mi botella de agua con agua, porque para lo que tiene dentro…
-Buena idea.
Y ambos vaciaron la botella y la volvieron a llenar con el agua de la fuente. Se sentían orgullosos y a la vez más sanos, de haber bebido, doce años después, un poco de agua sin nada de cal.
-Vamos a mangarnos un librillo de estos de páginas amarillas.- dijo Tom
-¿Páginas amarillas? Cómprate uno de páginas normales, no empieces con colorines…
-¿Pero qué dices, tío? Los libros de páginas amarillas son los libros que tienen direcciones y teléfonos de la gente, ya nos lo enseñaron hace poco, se ve que muy atento no sueles estar…
-Ah sí, eso….
Tom, no estaba muy seguro de si Alex había entendido algo, pero de todos modos, siguió adelante buscando un punto de información.
-Mira, vamos a ver ahí.- señaló Tom.
Se dirigieron a un quiosco, que tenía un cartel que decía: información.
Tom, como ya había practicado, se dirigió al encargado:
-Perdone, necesitaría yo, un libro de estos gordos, amarillo, con direcciones y teléfonos… Verá usted, estoy muy mal, y busco a mi familia…
-Sí, tenga, a las páginas amarillas se refiere, tenga, tenga, se lo regalo…
Tom se lo arrebató de la mano y se fue corriendo hacia un banco, con Alex a su lado.
-Tío que bien mientes…
Tom le ignoró. Alex quiso romper el silencio:
-¿Y sabes su nombre?
-Claro que sí, imbécil, se llama Daniela Watt, como para no olvidarme…
Tom buscaba velozmente:
-Watt, Watt, Watt… Aquí, Watt. Hay dos. Uno en la calle Diversidad, el otro está bastante lejos, a las afueras, en Clinton.
-¿Vamos primero a la calle Diversidad?
-Sí, portal 12, sexto B.
Tom y Alex llegaron jadeando al portal doce de la calle Diversidad, y, casi sin aliento, tocaron el timbre del sexto B.
-¿Sí?- preguntó una voz desconfiada, posiblemente femenina.
-Mire- habló Tom- venimos buscando a Daniela Watt, ¿Vive aquí, o la conoce usted de algo?
-No, lo siento- exclamó la voz. Y descolgó el teléfono del timbre.
Tom empezó a caminar hacia la derecha y Alex le preguntó:
-¿Recuerdas el número del portal, el piso, y eso?
-Es un chalé, el número tres de Clinton.
Y ambos siguieron adelante, caminando bajo ese bochornoso final del verano, en busca de una persona.
Llegaron alrededor de las dos del mediodía. Alex tocó el timbre de la puerta grande.
-¿Quién es?- respondió una voz, esta vez masculina y algo más amable que la anterior.
-Oiga, buscamos a una chica llamada Daniela Watt, ¿Vive aquí o le suena de algo?
-Pasen.- y la puerta se abrió.
Alex la cerró detrás de sí, y ambos llegaron a la puerta principal de aquel bello chalé.
-Por aquí, síganme.
Era un señor de unos cincuenta y algo años, bien conservado y de alta estatura, con poco pelo y pocas arrugas.
-Ahora mismo Daniela no está – comenzó- está con las recuperaciones de su último año de clase, para después comenzar su carrera. ¿Por qué la buscan?
-Verá…- disimulaba Tom- viejos amigos.
-Ah, bueno, la verdad es que Daniela tiene pocos amigos. Ahora mismo estará al llegar, ¿queréis tomar algo? Son casi las dos y media, hambre, tenéis que tener…
-Sí no es mucha molestia, si que nos gustaría comer algo señor.- pidió Alex.
Rápidamente el hombre abandonó la cocina y se dispuso a repartirles a los dos jóvenes, algo de ensalada que había preparado para él y Daniela.
-Tomad,- les llevó un par de platos.- es ensalada de pasta, a Daniela le gusta.
En ese momento, Daniela entró por la puerta.
-¡Hola, abuelo!
-Hola, Dani, ¡mira quiénes han venido a verte!
Daniela entró a la cocina, y dejó a Tom boquiabierto.
Era una chica guapísima, parecía que se cuidaba, tenía una piel clara, unos ojos azulados, muy dulces, como el cielo azul en un día de verano, pero sin una sola nube. El pelo, castaño claro, muy, muy claro, caía sobre sus hombros, y terminaba a la altura del pecho. Vestía una camisa azul clara, entreabierta, con una camiseta blanca debajo, y unos pantalones grises claros, acompañados de unas sandalias azules y blancas.
-Os dejo solos.- comentó el abuelo.
-¿Quiénes sois?- preguntó Daniela, cuando el abuelo ya había subido al piso de arriba.
Tom contestó:
-Hola, Daniela. Sólo quería conocerte. Estoy solo, acabo de salir de un orfanato, al cual me llevaron cuando el coche de mis padres chocó contra el de tu padre, hará doce años, del cual saliste viva.
Daniela palideció.
-Ah…
-¿Vives sola con tu abuelo?
-Sí, mi hermano y mi madre murieron en un accidente de avión, hace tres años. Con la pérdida de familiares, empecé a no salir, a guardarme n mi casa y sólo ver la calle para ir a estudiar. Perdí a todos mis amigos. Estoy sola desde hace tres años, sola con mi abuelo y con los libros de clase.
-Vaya…- Tom seguía asombrado con su belleza.
-Y tú, ¿no tienes casa, ni nada?
-No, acabo de salir del orfanato.
Hablaban Daniela y Tom sólo, Alex parecía haberse ido de la conversación.
-Pues te podrías quedar aquí, venir hasta las afueras, sólo para conocerme…
-No he conocido chicas en mi vida, ahora que lo dices.
-¿No?
-No, en el orfanato sólo veíamos mujeres en la fiesta de navidad. Aunque de fiesta, mucho no tenía…
-Vaya…
-Aunque sé valorar la belleza de una mujer, de todos modos…
Daniela se sonrojó, Tom sonrió.
Pasaron horas hablando, comiendo, conociendo la casa, conociéndose a ellos mismos. Por la tarde, Alex sorprendió a Tom.
-Bueno, yo ya me voy.
-¿Qué?
-Tú has encontrado lo que buscabas, a Daniela, ahora yo me voy por ahí, a buscarme la vida…
-¿No te parece que esta chica está buenísima?
-Déjame en paz.
-¿Estás ciego o algo?
-Soy homosexual.
-Pero, ¿qué?
-Eso.
-¿Por eso te vas?
-Por eso, bueno, sí, más o menos.
-Eres ridículo.
-Más ridículo eres tú, que te enamoras de tu víctima.
-Sólo estoy dándome tiempo.
-Sí, claro. Adiós.
-Adiós.
Alex abandonó la casa dirigiéndole un leve saludo al abuelo que le dio de comer.
Cuando la tarde cayó, Daniela y Tom ya habían preparado el lugar en el que Tom viviría, por unos días.
-Te puedes quedar aquí el tiempo que quieras.- le explicó Daniela- Pero hay una condición: tendrás que preparar la cena y la comida para los tres.
-¡Pero si yo no sé cocinar!
-Ya te enseñaré yo.
-Vale, me parece bien.
Y así lo hicieron. Aquel día Daniela enseñó a Tom a preparar una tortilla de patatas, y siguieron hablando, riendo, conociéndose mejor, quizá demasiado bien…

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