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16 jul. 2011

Capítulo Dos.

El dos de septiembre amanecía lluvioso y algo más frío que el día anterior. Tom y Daniela desayunaban tranquilamente, hablando de sus cosas, comentando anécdotas, mientras el abuelo limpiaba el baño y el garaje.
-El lunes me dicen la nota de la recuperación, espero haberla aprobado.- comentó Daniela.
-Sí, suerte. Por cierto, que vas hacer hoy.
-Había pensado… bueno, es una sorpresa.
-¿Para mí?
-Sí.
-¿Y cuando me darás esa sorpresa?
-Nos vamos después de desayunar.
-Bien.
Después de desayunar y de vestirse, Daniela vendó los ojos de Tom y lo montó en la parte trasera de su moto.
-Tardamos poco- le susurró al oído.
Tom sonrió. Le estaba gustando aquel juego.
El viaje duró unos diez minutos. Daniela se bajó de la moto y le ayudó a Tom a bajar. Aún no quería destaparle la vista. Daniela le cogió a Tom de la mano y empezaron a caminar. Entraron en un centro comercial, después entraron a una tienda de moda masculina, y entonces le destapó los ojos.
-Te ayudaré a elegir algo de ropa. Con la que tienes no durarás mucho aquí.
-Pero si yo no tengo dinero…
-Yo sí, anda vamos.
-¿Te lo tendré que devolver?
-De momento no, pero bueno, de alguna forma me podrás compensar…
Tom sonrió, no podía evitarlo.

Y así estuvieron, toda la tarde de tienda entienda, riéndose, hablando de moda, Daniela le enseñaba a Tom lo que estaba de moda, y Tom opinaba, sobre prendas ridículas o vestidos incómodos.
Tom tenía la navaja en la mochila, en casa. Y en esas tres horas que estuvo de compras, no la echó en falta, ni siquiera la recordó.
Alrededor de las siete volvieron a casa, con cuatro bolsas en las manos, una dulce sonrisa en la boca, y más ganas de vivir.
-Esta noche podemos salir de fiesta. Te puedo enseñar lo que es una discoteca, por que dudo que lo sepas, también te puedo enseñar a bailar, a beber alcohol…
-Eh, ¡que sí sé lo que es el alcohol, aunque no lo haya probado!
Se reían. Se dirigían sonrisas y miradas dulces, cariñosas, de deseo… Pero a veces Tom intentaba evitarlas, aunque no sabía que estaba descubriendo el amor.
-Tengo una idea.- dijo Daniela- Podemos comer en una pizzería que hay cerca de una discoteca. Yo no suelo ir mucho a las discotecas pero antes cuando tenía novio iba casi todos los fines de semana.
-¿Ya no tienes novio?
-No…
-No me digas, murió.
-No,-sonrió Daniela- me dejó, hace unos cinco meses. Empezó a verse con otra hasta que al final me dejó.
-Vaya…
Tom empezó a darse cuenta de que en el fondo tenía sentimientos. Alzó la vista. Daniela tenía lágrimas en los ojos, que tarde o temprano resbalarían.
-Eh, tranquila. Todos pasamos por momentos malos que hay que olvidar. Olvídalo, ¿vale?
Daniela lo miró. Todavía tenía los ojos brillantes. Se miraron durante unos diez segundos. Diez segundos de suspense. Diez segundos en los que puede pasar algo que lo cambien todo. Diez segundos, en los que puedes pasar, de estar triste a estar feliz. Los diez segundos más largos de tu vida.
Tom detuvo los diez segundos y miró al reloj de la cocina.
-¿Sobre qué hora iremos a cenar?
-Normalmente suele haber mucha gente, así que nos podemos acercar sobre las ocho y media. Si te apetece, ahora nos duchamos, nos vestimos arreglados para la discoteca y salimos.
-Vale, yo me ducho primero.
-Bien, yo de mientras decido lo que ponerme, pero no tardes, un cuarto de hora máximo.
Y así fue. Tom tardó quince minutos en ducharse, seguramente la ducha más larga de los últimos doce años, y se vistió lo que Daniela le recomendó para salir. Después Daniela se duchó se puso un fantástico vestido morado, se preparó bien, se peinó, sacó alguna joya que otra, una cartera con bastante dinero, y unos zapatos negros de tacón.
Cuando Daniela salió de su cuarto y Tom la vio, pensó que era la mujer más guapa que había visto en su vida. El pelo tan largo y ondulado, y esos ojos, tan destacados maquillados, tan azules, tan preciosos, su cara, bella, perfecta… Pero lo único que le dirigió fue una sonrisa.
Pero Daniela también se asombró al ver a Tom. Se había peinado como si fuera rebelde, y no le quedó nada mal. Y la ropa nueva… Daniela le eligió la ropa con la que mejor se le notaba su espléndido cuerpo y le quedaba genial. Tenía una camisa roja mal atada, para parecer informal y unos vaqueros negros que le quedaban como un guante. Después tenía unas zapatillas converse rojas, sin atar y con los cordones por dentro.
-Ya tengo todo preparado, y he cogido bastante dinero por si acaso.
Tom sonrió.
-¿Pero tú de dónde sacas todo ese dinero, trabajas o algo?- le preguntó Tom.
-Es… de la herencia de mis padres.
Tom creyó confundirse.
-Perdón…
-Da igual.
Él intentó pensar algo rápido para animarla, para que saliera de casa co una sonrisa. Tuvo una idea, no muy buena, pero una idea.
-Oye, y eso del alcohol…
-¿Qué?
-¿Si me emborracho? ¡Es la primera vez que bebo!
-¿¡Qué te vas a emborrachar?!
Y se empezaron a reír. Duró poco ese conjunto de carcajadas, pero al menos a Daniela se la veía más animada. Antes de salir Daniela gritó:
-Abuelo, nos vamos de fiesta, no nos esperes para cenar.
El abuelo salió de la cocina y les sonrió. Hacía tiempo que Daniela no salía de fiesta.
-No nos hace falta ir en moto,- informó Daniela- está bastante cerca.
Y fueron a pie, disfrutando de la tranquilidad de un dulce atardecer veraniego.
Llegaron a la pizzería a las nueve menos diez y se sentaron en una mesa cercana a la barra, para dos personas. Cada uno cogió un menú.
-Tienes que elegir algo de aquí que te guste, o si quieres, podemos compartir una pizza grande para los dos.
-Vale, me parece bien lo de compartirla… ¿Cuál cogemos? Hay muchísimas.
-A mí me gusta mucho la pizza “Lovedays”. Tiene queso, tomate y en el centro un corazón de jamón serrano gigante. Está deliciosa.
-Vale, pedimos esa.
-Y para beber, ¿qué quieres?
-Agua.
-¿Agua?
-El alcohol mejor para después…
-Vale, pero ahora pídete una Coca- cola.
-¿Y eso que es?
-Una bebida con gas, está riquísima, fíate de mí.
Y entonces pidieron la pizza “Lovedays” y dos Coca- colas medianas. Media hora después llegó la comida.
-¡Qué bien huele!- exclamó Tom.
-Sí, toma un trozo, pruébala.
Daniela ofreció un trozo a Tom, el mordió un cacho de la punta, masticó, lo saboreó y después dijo:
-Es de lo mejor que he probado en mi vida.
-¡Pues ahora prueba la Coca-cola!
Tom bebió un sorbo, algo inseguro y después de tragar, dejó el vaso en la mesa y empezó a toser:
-¡Pica! ¡Pica!
Daniela le tranquilizó:
-Es del gas, ¡no grites!
-¿Enserio te gusta esto?
- Ya verás lo bien que te sabrá cuando te acostumbres.
Y así fue. Al fin y al cabo, a Tom le encantó eso de la Coca- cola. Y también la pizza. Y el ambiente de comer en una pizzería. Y lo agradable que resultaba hablar con Daniela. Y por un momento recordó la navaja. ¿De verdad quería matarla? “Lo haré”, pensaba. “Cuando más daño le pueda hacer”.
Y seguía sonriendo, comiendo, riéndose, hablando con Daniela, diciéndose mil cosas que en realidad no significaban nada, hablando, contándose hechos, suyos y de otros… hablando.
Eran las diez cuando ya habían terminado de cenar.
-En total son quince euros…- decía Daniela.- Aquí los dejo, señor.- Indicaba el platito en el que le habían dejado la cuenta.
-¿Nos vamos?- preguntó Tom.
-Sí claro.- respondió Daniela.- Todavía son las diez, la discoteca no la abren hasta las once… ¿Te apetece dar un paseo por los alrededores?
-Por supuesto.
A Daniela le encantaba que Tom siempre aceptase las cosas con alegría, sin dificultades. No le preocupaba nunca la respuesta de Tom, sabía que siempre iba a ser positiva y eso le gustaba.
-Me encantan las noches de verano.- comentaba ella- Son siempre muy tranquilas, y lo bueno es que no hace frío, ni calor…
-A mi también. Aunque puede que sea porque nunca he visto una noche de esta manera. Ahí está la luna, ahí las estrellas, aquí nosotros…
Se detuvieron y se miraron a los ojos. Tom era algo más alto que Daniela, ella tenía la cabeza girada hacia arriba, para poder ver sus ojos.
-Nosotros… -repetía Daniela.
Y sus cabezas se acercaron. Y aunque Tom no había conocido el amor, había leído libros, muchos libros que la gente traía de sus casas, muchos libros de amor, de romanticismo. Y entonces… sus labios se rozaron. Y todo terminó en un beso, un simple beso…
-¿Qué hora es?- Tom separó sus labios de los de Daniela, con algo de vergüenza y un poco sonrojado.
-Falta un cuarto de hora, ¿Vamos yendo? –propuso Daniela.
-Vale.
Y volvieron por donde habían venido, en silencio, sin hablar, sin ni siquiera atreverse a dirigirse una mirada.
-Ya hemos llegado. ¿Preparado para probar mil sabores y sensaciones nuevas?
-Más o menos… sí.
Tom estaba algo inquieto, parecía nervioso. Acababan de abrir la discoteca, y ambos entraron, mirando todos los detalles, observando todas las luces.
-Vamos, aquí está la barra.
Ambos se dirigieron a una barra transparente y un chico joven les atendió rápidamente:
-¿Sí?
-Hola, dame una Heineken, un poco de Vodka con limón y una Sandy.
-Vale, un minuto.
Poco después, les sirvieron tres vasos, con lo pedido.
-Toma,- le ofreció Daniela- prueba esto, es lo más suave.
Tom tragó un poco de Sandy, y lo saboreó.
-Esto está rico.
-Estoy es Heineken, prueba, prueba…
-Bueno, no me gusta tanto…
-Prueba esto, te va a encantar.
Tom probó el Vodka con limón.
-¡Qué bombazo! ¡Qué sabor!
-Qué, ¿te gusta?
-¡Es genial! Un poquito fuerte…
-Sí, anda, ¡vamos a bailar, luego beberemos más!
Daniela dejó las tres bebidas pagadas y el resto de ellas en la barra, y condujo a Tom a la zona de baile.

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