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16 jul. 2011

Capítulo Tres

Habría muchas cosas que Tom no sabría, y otras muchas que Daniela sabría mejor que Tom… pero a bailes en pareja no le ganaría nadie. Ya aprendió a bailarlos en el orfanato, y, a pesar de que sorprenda, también los bailaban con música actual, a la moda…
Daniela parecía cariñosa y Tom, demasiado emocionado, seguramente por la bebida. Ella puso sus brazos alrededor del cuello de Tom, y ambos empezaron a moverse, suavemente… La música era tranquila, pero no exageradamente. Él puso sus brazos alrededor de la cintura de Daniela y ella apoyó su cabeza en el pecho de Tom.
Y así estuvieron, bailando el uno con el otro, despacio, tranquilamente, mirándose, sonriéndose, disfrutando… estaban felices.
Poco después, a Daniela le entró la sed. Alzó la vista hacia Tom, y entonces le preguntó:
-¿Vamos a tomar algo?
-Sí, me apetece otro Boca
-¿Vodka?
-Sí, eso.
Daniela emitió una dulce risa. Tom sonrió. Daniela se acercó a la barra y pidió:
-Dos Vodkas con limón, por favor.
-Un segundo…
Les sirvieron un par de divertidos vasos, con una pajita rosa en cada uno y con una sombrilla naranja con purpurina.
-¿Por qué ahora ponen adornos?- preguntó Tom.
-Todo se vuelve diferente a partir de las doce.- respondió Daniela, con una sonrisa pícara.
Se sentaron en un par de sillas altas alrededor de una mesa blanca.
-Me lo estoy pasando genial.- dijo Tom- Y esto del alcohol… ¡me encanta!
-Uf, ¡la de cosas que te quedan todavía por descubrir!
-¿A qué te refieres?
-Todavía tenemos que hacer mil cosas, si te apetece mañana podemos ir a un parque de atracciones.
-¿Y ahí qué se hace?
-¡Sentir las emociones que nunca antes has sentido, te lo digo yo!
-¿Me voy a caer de un precipicio o algo?
-¡Más o menos!- Daniela río alegremente y le dejó a Tom la intriga de qué sería el parque de atracciones.
Siguieron hablando durante un rato, de las miles de cosas que podían hacer, bebían sorbos de Vodka cada poco, se dirigían miradas amorosas sin darse cuenta. De repente Tom quiso resolver una duda:
-¿Tú trabajas?
-No, todavía estoy con las recuperaciones de segundo de bachillerato.
-¿No tendré que buscarme un trabajo si no estudio?
Daniela se quedó boquiabierta.
-¡Es verdad! Mañana, cambio de planes, ¡nos vamos a encontrarte un buen trabajo!
- Vale, pero el parque de atracciones para pasado, ¿eh?
-Bueno, si tú quieres….
Y reían, y sonreían, y se alegraban y eran más felices por momentos. Cuando ya terminaron la bebida Daniela propuso:
-¿Vamos otra vez la pista de baile?
-Sí, ¡pero vete a pagar primero!
-Ah, sí, ¡lo olvidaba!
Daniela pagó y fueron juntos hacia la pista de baile. Se volvieron a agarrar como la vez anterior, como si fueran un par de enamorados. Había gente que los miraba asombrados, había otros a los cuales, había que mirar asombrados a ellos, por la de besos y piropos que soltaban mientras bailaban.
Entonces a Daniela se le subió la bebida, parecía otra, estaba mucho más alegre, más feliz y además… con muchas ganas de fiesta.
-Eh, Tom…- le susurró dulcemente al oído- Bésame.
Tom se quedó perplejo, no sabía qué hacer, ni por qué Daniela hacía lo que hacía. Entonces Daniela lo miró, con esos ojos, ojos azulados, que trasmitían todo el amor por Tom que quería ocultar, pero no había podido aquella vez. Tom no pudo resistirse y la besó. La beso en los labios, suavemente, dulcemente, despacio… No puede saberse con cuanta exactitud, pero a Tom le encantó.
Daniela lo miró otra vez y le sonrió. Le volvió a susurrar al oído:
-Estoy cansada, vámonos a casa…
-¿Qué hora es?
Daniela se apartó de él, miró al reloj y exclamó:
-La una menos cinco.
-¿Nos vamos?
-Sí, que a partir de la una empieza a llegar la gente, y no es tan agradable.
Salieron a fuera y Daniela se quejó:
-Tengo frío.
-Te dejaría mi chaqueta, pero no tengo…
-Llévame….
-¿Qué?
-Cógeme y llévame en brazos…
Tom la cogió, pesaba poco, para lo que él estaba acostumbrado. Olía bien, como a rosas, sí, a perfume de rosas. Le encantó. Nunca había llevado a una chica que olía a rosas y estaba vestida como una de ellas, en brazos.
Mejor dicho, nunca se había enamorado de una chica, y había tenido la oportunidad de llevarla en brazos hasta su casa, y quedarse en ella.
Daniela cerró los ojos y apoyó su bolso en su tripa. Estiró los brazos y los acomodó alrededor del cuello de Tom. Llegaron a la casa pronto y abrieron la puerta cuidadosamente para no despertar al abuelo. Estaba dormido, se oían sus ronquidos desde fuera. Entraron sigilosamente, y cuando Tom se iba a ir a su cuarto, Daniela le detuvo:
-Tom,- parecía haberse recuperado un poco- ¿Te importaría darme un beso de buenas noches?
Tom no se lo pensó esta vez:
-Claro.
Se acercó a ella, la abrazó, la besó en los labios. Fue el beso más largo de su vida. Ella le besó con deseo, con amor, él la besó como ni siquiera él mismo sabía, la beso, no sólo para complacerla, la besó porque en el fondo la quería.
Cuando el beso terminó, Tom fue el más rápido:
-Buenas noches.
-Hasta, mañana, recuerda que encontraremos tu trabajo tú y yo juntos.
Daniela le guiñó el ojo tras decir la última frase. Y se fue a su habitación.
Tom entró a su cuarto, se quitó la ropa y la apartó en una silla. Tenía mucho sueño. Rebuscó en la mochila. ¿Qué buscaba? Lo encontró. La navaja. La pequeña y afilada navaja de acero que robó del orfanato que marcó parte de su vida. “¿Cuándo lo hago?”, pensaba, “¿Cuándo la mato y me olvido de esto de una vez”.
Cinco minutos después, seguía con la navaja en la mano. “¿En serio quiero matarla?, ella, es tan especial… me ha enseñado y me enseñará tantas cosas que yo no sé… ¿Por qué lo hace? ¿Quiere confundirme? No, simplemente me quiere. Y, ¿Cómo sé que me quiere, si no me lo ha dicho…?” Y tras todas estas reflexiones guardó la navaja en la mochila, bien escondida y se durmió.
Por otro lado, Daniela dudaba en su habitación. “Si vino hasta aquí para buscarme, no creo que sólo lo hiciera para conocerme. Mi padre mató a los suyos, más o menos, porque mi padre causó el accidente, aunque fuera sin querer…”

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