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24 ago. 2011

Capítulo Veintidos.

Era la una menos veinte cuando la madre de Lucía arrancó el coche. Lucía y Tom iban sentados detrás, ella en la derecha y él, en la izquierda. No hablaban, tarareaban las canciones de vez en cuando, o cerraban los ojos para no marearse. Pero querían reservar las palabras para después. En menos de media hora llegaron al aeropuerto.
A Tom le pareció un espacio gigante, y le entró cierto pánico al ver el funcionamiento de los aviones. Sandra facturó los billetes y ayudó a Lucía a poner la etiqueta de equipaje manual en su mochila. Llevaba aperitivos para el viaje y la comida, y dinero, por si se perdían las maletas y tenían que estar un día sin poder estar en el hotel.
Después Sandra se despidió de Lucía y también de Tom.
-Pasadlo bien.
Se fue algo intranquila, pero en el fondo convencida de que todo iría bien. Tom y Lucía charlaban sentados en un banco. Su avión embarcaba en la pista 13, ellos estaban ahí, aunque aún faltaba una hora. Lucía tranquilizaba a Tom:
-Tranquilo, hombre, tampoco es para tanto… Tú te sientas y te pones el cinturón, y cuando despega sientes un cosquilleo en la tripa, pero no es nada… es como en un parque de atracciones, ¿has estado alguna vez en uno?
-No…
-Bueno, da igual, es la misma sensación, tu cuerpo no está acostumbrado a eso y actúa así, pero vamos que no es nada. El resto del viaje se te pasa volando.
Lucía río como una loca.
-¡¡¡Se te pasa volando!!! ¡Qué risa!
A Tom también le hizo algo de gracia. Y siguieron hablando, de lo que sería el rodaje, de cuándo le darían el guión a Lucía, del dinero que se gastarían sus padres en las llamadas… Lucía tan alegre, y Tom tan preocupado. En la vida de Tom había habido demasiadas muertes. Si Lucía no hubiese aparecido en su vida… Probablemente Tom estaría traumatizado. O se habría vuelto “emo”. Tom rió al recordar a Alex y a Álvaro. Álvaro, siempre haciéndose el duro. Alex, tan majo a veces, pero tan influenciable… quizá demasiado.
Poco antes de la hora del vuelo, decidieron comer. Marc había preparado dos bocadillos de tortilla francesa con jamón. Estaban deliciosos, y Lucía y Tom los devoraron en cinco minutos.
-¿Los ha hecho tu madre?
-No, mi padre. Es el mejor cocinero de tortillas del mundo.
Tom sonrió.
-Ya lo creo.
Y a los quince minutos de haber comido, el avión aterrizó en la pista. Tom tenía los billetes en la mano cuando llegó el mensaje por los megáfonos:
-“Embarquen en la pista trece los pasajeros del vuelo 1998L con destino a Roma, repito, embarquen en la pista trece…”
Lucía sonrió.
-Este es el nuestro, vamos.
Se levantaron, Lucía llevaba la mochila y Tom los dos billetes en la mano. Ya estaban facturados así que lo único que tenían que hacer era buscar sus asientos. Tenían el 12 al lado de la ventana, y el 13. Tom se sentó al lado de la ventana y Lucía, con el equipaje manual entre las piernas, en el 13. En el 14, al lado de Lucía, había una chica joven. Era Sabrina, la sustituta de Tom que Álvaro quiso matar. Pero Tom no se dio cuenta.
Tom estuvo incómodo aquellos 10 minutos que estuvieron esperando hasta que el avión despegase. Lucía no conseguía tranquilizarlo, y Tom estaba muy nervioso. Entonces una azafata se acercó a ellos:
-Hola, buen viaje, ¿desean chicle para que vuestros oídos no se taponen durante el despegue?
Sabrina y Lucía asintieron, y Lucía pidió dos, el otro para Tom.
-Tom, toma este chicle. Es de fresa, para pasar menos apuro durante el despegue.
-Gracias.
Entonces, justo antes de realizarse el despegue, el comandante del avión habló:
-Buenas tardes, señoras y señores, está a punto de despegar el vuelo a Roma. Les informamos de que tienen nuestras azafatas a vuestra disposición, y que deberán llevar el cinturón durante el despegue, y en otros casos que ya les avisaremos. No llueve ni hace mucho viento, por lo que se calcula que llegaremos sobre las cinco y media de la tarde. En Roma hay un tiempo estable, sin precipitaciones y con temperaturas alrededor de los veinte grados. Gracias por confiar en vuelos Airpeople y buen viaje.
Y después repitieron lo mismo en inglés e italiano. Y el motor del avión sonó. Tom se asustó un poco, pero Lucía le dio la mano, y Tom la apretó para no tener miedo. Entonces el avión se empezó a mover.
-Ahora está cogiendo carrerilla.- explicó Daniela-
Tom soltó la mano.
-Voy a comprobar si tengo bien el cinturón.
-Claro que lo tienes bien, anda.
Sonrieron y se concentraron en el despegue. El avión seguía cogiendo carrerilla. De repente se elevó un poco. Tom sentía aquella sensación extraña. El avión ya estaba en el aire. Se recogieron las ruedas, y el avión siguió subiendo. Elevándose hacia el cielo. Subía y subía, y Tom poco a poco se iba relajando. Lucía le sonrió.
-¿Ves como no es nada?
-Sí.- Tom rió.
-Mira, han puesto una peli.- Lucía señaló una pequeña pantalla enfrente de ella.
-¡No se oye!
-Es que tienes que tener auriculares y engancharlos al enchufe que tienes en el posa brazos. Y luego puedes cambiar el volumen.
Lucía sacó de su mochila unos auriculares rojos y otros verdes, y entregó los verdes a Tom.
-¡Gracias!
Tom los enchufó y se los puso en los oídos. Reguló el volumen, y prestó atención a la película. Trataba de un hombre pobre, que se encontraba con una mujer rica. La mujer tenía un niño muy pequeño, al que tenía que proteger de la prensa rosa, porque nadie sabía que lo tenía. Entonces el hombre le propuso a la mujer que cuidaría a su bebé en el trastero de su mansión mientras le diese de comer. La mujer aceptó, y subió a su trastero la cuna, y día a día les subía la cena, la comida y el desayuno. El hombre cuidaba genial al niño, pero el pequeño cogió una enfermedad muy fuerte, por culpa de la comida de la madre, que contenía proteínas que el niño no toleraba, aunque ella no lo sabía. En el médico les dijo que era muy grave, podía morir si no le operaban, pero, como era muy pequeño, podría morir durante la operación. La mujer prometió que si salvaban al niño, donaría millones de euros al hospital.
Y la operación fue bien. Retiraron una gran capa de aquellas proteínas, y el corazón del niño latía. Pero al despertarlo, se dieron cuenta de que había perdido el sentido del gusto, porque habían tocado zonas muy débiles del estómago y la lengua, y lo había perdido. Entonces la mujer se negó a donar aquel dinero, y un médico la mató intencionadamente. Después, como nadie sabía que tenía el niño, ni figuraba en su herencia, sacrificaron al pequeño. El hombre no pudo evitarlo, por mucho que lo quisiera salvar. Y finalmente el pobre hombre se quedó solo.
Tom empezó a llorar cuando la mujer de la película murió. Recordó a Daniela. Vale, sí, casi lo había superado, pero la película fue un golpe muy fuerte. Lucía quiso que Tom se relajase.
-Tranquilo, Tom…
-Es que no entiendo por qué me pasa… todo me recuerda a ella…
-Yo sí sé lo que te pasa. Yo lo llamo el espejo del recuerdo. Todo te recuerda a cuando estuviste con ella. Todos los recuerdos con ella, rebotan en el espejo, y se reflejan en la realidad. Tus recuerdos han rebotado en el espejo cuando has visto la película. En realidad esos recuerdos son buenos, pero al rebotar en el espejo te perjudican.
Tom paró de llorar y miró fijamente a Lucía.
-Cuánta razón tienes…
Se abrazaron, y Tom volvió a sentirse feliz.

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