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24 ago. 2011

Capítulo Veintiuno.

Tanto a Tom como a Lucía se les hizo fácil madrugar. Ambos se despertaron a horas parecidas. Tom no tenía nada de comer en casa, así que decidió utilizar sus veinte euros para desayunar fuera. Pensó comer en el avión o en el aeropuerto. Entró a la cocina para asegurarse de que no había nada de comida. En efecto, no había nada, sólo unos vasos, un tenedor y dos rollos de cocina. Tom se fijó en la mesa. Había otra cosa con una nota. Hacía tiempo que Tom no entraba en la cocina así que la nota podría ser de otro día. La cogió y la leyó en alto:
-Esta es la tarjeta en la que se almacena el dinero que ganas trabajando. Tenías poco dinero, así que te metí doscientos cincuenta euros. Utilízalos bien, y recuerda la clave: 3843.
Tom se sorprendió. Estaba encantado con el abuelo de Daniela, era verdaderamente un buen hombre. Tom no recordaba su nombre. Se dirigió hacia el salón y se metió el billete de 20 euros en el bolsillo. Después guardó la tarjeta en el fondo de la mochila para que estuviese bien protegida, y se subió la mochila a la espalda.
Salió de casa. Probablemente aquella fuese la última vez que la viese. Se quedó mirándola. Y por un segundo deseó que Daniela estuviese en su cuarto, para que el subiera y la viera otra vez. Y quiso subir a ver por última vez la vacía habitación de Dani… pero no era la mejor decisión si quería olvidarla. Así que cerró la puerta, con llave, y se dirigió hacia un bar que se encontró cerca de la casa de Lucía.
Se llamaba Fisqui’s Bar. A Tom le pareció un nombre divertido y cutre a la vez. Había un cartel en el que decía “servicio de terraza” así que Tom se acomodó en una silla verde pistacho, en una mesa de hierro con dibujos que provocaban ilusiones ópticas. Al poco tiempo una camarera joven y muy alta, la cual a Tom le parecía experta, no supo la razón, se acercó a él y le entregó el menú. Mejor dicho, era el menú de las mañanas. Había una gran variedad de tostadas. Con miel, con aceite, con jamón serrano, con tomate triturado… y todas por un precio muy económico. Después había leches solas y cafés, y también zumos naturales. Tom se decidió, y la camarera volvió:
-¿Ya sabe qué va a pedir?- tenía un cuadernillo en el que anotar todo.
-Sí, claro. Quiero una tostada con aceite y jamón serrano y un zumo natural de mandarina y naranja, por favor.
-Muy bien, en un momentito se lo traigo.
-Gracias.
La camarera volvió a llevar el menú, junto a su cuadernillo con varios garabatos y con el número tres, el cual correspondía a su mesa.
Tom, mientras esperaba, empezó a mirar el paisaje. Hacía un bonito día, respecto a las fechas que eran. Era bastante soleado, y, para ser las nueve, caluroso. Las demás mesas de la terraza estaban vacías. Pero en el interior había mucha gente. Gente alta, baja, hombres, mujeres, ningún niño, y la mayoría de ellos desayunaban con prisas, tenían el coche aparcado fuera y apuraban para llegar puntuales al trabajo. Hacia el otro lado, había una larga calle. Muchos bares, un par de tiendas, bastantes casas con las persianas bajadas, y pocas con las persianas recogidas o con ventanas abiertas.
Pasaba poca gente, y la que pasaba lo hacía en coche, en velocidades quizá demasiado exageradas, solo por llegar bien al trabajo. Tom sonrió. No tenía por qué hacerlo, pero sonrió. ¿Por qué no sonreír cuando se puede? Entre estas reflexiones, llegó el camarero. Sí, esta vez era un camarero, algo más mayor, y muy hábil. Le entregó la tostada caliente, en un plato blanco, perfectamente colocada y con un jamón en perfectas condiciones. El zumo se lo entregó en un vaso de cristal en forma de tubo, con una pajita transparente.
-Gracias, cóbreme ahora.
-Son tres euros y medio, por favor.
Tom se sacó el billete de 20 euros del bolsillo y se lo entregó al camarero. Él le entregó un cambio perfecto y se fue. Tom devoró la tostada, pero en cambio el zumo lo bebía lentamente, para disfrutar tranquilamente de su dulce jugo. Cuando terminó, se fue dejando el plato y el vaso completamente vacíos en la mesa. Decidió dar un paseo por los alrededores porque aún era pronto para ir a casa de Lucía.
Gente corriendo o andando deprisa. Todos mayores de veinte años y menores de sesenta. Arriba, abajo, con sus maletas de cuero o con sus mochilas gigantes e infladas. Sin niños y sin acompañantes, gente que se cruzaba con conocidos, sin tener siquiera tiempo a saludarlos. A lo lejos un parque. Vacío. No, completamente vacío no. Dos chicos vestidos de negro. Tom se quiso acercar. A veinte metros de ellos uno le pareció conocido. Se acercó más.
-Alex… ¿eres tú?
-Sí Tom, así es.
Era Alex… vestido de negro, con una camiseta negra de calaveras, muy pegada de modo que se le notaba su extrema delgadez . Llevaba una chaqueta de cuero negra, que le iba algo pequeña, desatada. Después, encima de la chaqueta se veía el enorme collar que tenía atado al cuello. En letras enormes, estaba escrito “DIE”, muerte en inglés. Después llevaba pañuelo que le cubría toda la cabeza, en el que estaba escrito “HATE THE LIFE”, odia la vida, también en inglés. Del pañuelo asomaba un poco de flequillo, que le tapaba el ojo derecho. También llevaba unos pantalones pitillos largos, negros, sin bolsillos y muy apretados. Calzaba unas zapatillas tres tallas más grandes que las suyas, prácticamente destrozadas, pasadas de moda, sucias y todo lo imaginable. Por último se había tatuado la palabra “SUICIDIO” en la muñeca. A Tom todo esto le daba mala espina.
-¿Qué te has hecho, Alex?
El compañero de Alex intervino:
-¿Y tú qué crees?
Tom abrió los ojos como platos. El compañero de Tom era Álvaro… aquel compañero de clase que quiso matar a Sabrina, aquel compañero al que le robó la navaja.
-¿Eres Álvaro, verdad?
Álvaro se puso histérico.
-¡¡¡Me llamo “Alvo el valiente”!!! ¿¡Entendido!?
-Claro, claro…
-¿Qué venías, a insultarnos?- intervino Alex.
-Eso, ¿a insultarnos por ser “emo”?
Tom se dio cuenta de que “emo” era aquella moda absurda de odiar la vida y vestir de negro con un ojo tapado, como iban ellos.
-No… - respondió Tom.
Álvaro volvió a enfadarse.
-¿¡Entonces has venido a insultarnos porque somos novios!?
Tom recordó el día en el que Alex le confesó su homosexualidad. Aquel día se sorprendió. Pero que fuera pareja de Álvaro… era más que el colmo. Entonces Tom echó a correr, recorriendo el camino por el que había venido, deshaciendo el camino, pisando sus propios pasos. Se dio cuenta de que Álvaro le seguía. Aunque por muy fuerte que fuera, muy rápido no era. Tampoco estaba muy en forma. Teniendo en cuenta que amenazaba a la gente para que le diera su comida en el orfanato, y que comía el triple… era normal que estuviese así.
Al poco rato, Álvaro perdió la pista de Tom y volvió hacia Alex. Tom hizo otra parada en un bar, esta vez dentro y pidió un batido de vainilla, que le supo genial. Después, al salir del bar, era ya las once y media. Como no tenía nada que hacer hasta la una… decidió ir a casa de Lucía. Aunque estuviera viendo la tele, cosa que podía hacer en su propia casa, prefería hacerlo en casa de la familia Ramos, para no estar siempre solo.
Tocó la puerta y Sandra le recibió:
-¡Hombre Tom! No te esperábamos tan pronto.
-Lo sé, es que no tenía nada que hacer, y prefería estar aquí antes que solo en mi casa. Al final he decidido que comeré en el aeropuerto o en el avión.
-Pasa. – Tom entró y cerró la puerta- Os he preparado dos bocadillos para que comáis en el aeropuerto. Los llevará Lucía-
-Vale- Tom se dirigió hacia Lucía.- Hola ¿qué tal?
-Bien, estaba viendo un concurso de preguntas.
Tom sonrió. Y se quedaron viendo la tele, intentando adivinar las preguntas, prácticamente imposibles.

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