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24 ago. 2011

Capítulo Catorce.

Un día antes para la prueba. Era sábado y todos se despertaron tarde. El abuelo, Tom, Lucía, Daniela. Ah no, Daniela no. Los nervios le impidieron dormir lo que dormía normalmente y madrugó. Cuando Tom despertó, sobre las once y media, se encontró a Daniela tirada en el sofá, con la cámara de fotos en la mano y los ojos medio cerrados. Cuando oyó a Tom levantarse, se movió y se sentó.
-Eh, ¿estabas dormida?
-No, solo descansaba…
-¡Daniela!
-Bueno, a ver creo que sí… pero es que no he descansado nada.
-¿Por la prueba?
-Uf… sí.
Tom se sentó a su lado y le pasó un brazo alrededor de su cuello. Y le susurró al oído:
-Tranquila, cuánto más nerviosa estés, sabes que peor te va a salir.
-Sí, lo sé… Ya he tomado tila para intentar relajarme, pero nada…
-Yo sí que sé un buen truco para los nervios…
Daniela le miró a los ojos.
-Dime, dime…
-Bueno, es muy fácil…
Él hablaba bajito, mirándola a los ojos.
-Tienes que relajarte, pensar en todo lo bueno que tienes ahora mismo… tu casa, tu abuelo, tu vida, yo, tu móvil, tu cuarto, tu manta favorita, la canción que te inspira, tu examen aprobado, tu animal y tu color favoritos, tu mejor recuerdo de la infancia…
Daniela cerró los ojos e intentó relajarse.
-Sigue…
-En tu película favorita, tus prendas de ropa que te sientan bien, en tus preciosos ojos, en lo que más quieres, en lo que más te gusta, en tu coche favorito y en tu moto favorita, en el nombre que te gustaría ponerles a tus hijos e hijas…
Entonces Tom miró a Daniela. Era tan… guapa. Hasta con los ojos cerrados y el pelo revuelto. Respiraba lentamente, y su pequeña naricilla se movía, pero poco, muy- muy poco… Tom se dio cuenta de que Daniela dormía. Entonces se acercó a ella y la besó. Ella ni se inmutó. Tom retiró su brazo de su cuello y se dirigió a desayunar.
Tom, sentado en una silla y con un cruasán de chocolate medio mordido en la mano, recordó la llamada que le hizo a Lucía. La llamada que jamás se revelaría, ni tenía por qué hacerlo. No sabía si había hecho bien en llamarla. En el fondo le apeteció hacerlo. Era agradable hablar con ella. Era como hablar con alguien que conocía de toda la vida, con alguien en quien se puede confiar, alguien como ella… Entonces pensó en quien confiaba en el orfanato. En Alex. No le apetecía recordarle. Le recordaba como un traidor cobarde que lo acompañó pero lo dejó en el camino. Porque en cuanto Tom encontró a Daniela, Alex quiso irse. Simplemente como lo haría un cobarde.
¿Y si Tom hubiese matado a Daniela? Estaría en la cárcel, jamás habría conocido el amor, no habría conocido a alguien tan loca como Rebeca, ni a una adolescente tan encantadora y soñadora como Lucía. Se arrepentía de haber robado una navaja. ¿De dónde la robó? Ah, sí. No se lo quiso decir a Alex. Porque se la quitó a un violento amigo de Alex. Se llamaba Álvaro, pero él decía que le llamasen “Alvo el valiente”. Era un flipado, simplemente. Y Alex seguía todas sus órdenes como si fuera su padre, o su rey. Tom lo odió desde que lo conoció, y siempre conseguía escabullirse de sus órdenes.
Una vez se rumoreó que mataría a la profesora de filosofía. Bueno, no era la profesora, era la sustituta. Era rubia, y de ojos claros, que parecían amarillos, aunque eran verdes en realidad. Se llamaba Sabrina. Y Álvaro quería salir con ella, no se supo si era para que lo sacase del orfanato, o simplemente porque le gustaba. Ella, por muy maja que fuera, no pudo decirle que sí, porque pese a todo, tenía novio. Y Álvaro quiso matarla. Se podía decir que Tom salvó la vida de Sabrina.
Mientras Tom se sumía en sus pensamientos, Lucía acababa de despertar. Estaba tumbada en la cama, destapada, mirando al techo y pensando en todo. Estaba recordando el instante en el que su vida cambió. Cuando repitió. Empezó el curso bastante mal, le costaba mucho estudiar, y ella lo intentaba, pero siempre acababa rindiéndose. Y suspendía bastantes exámenes, aunque más de la mitad los conseguía aprobar. Pero el tercer trimestre fue lo peor para ella. Muchos exámenes y demasiado rápidos. Demasiado temario en pocos días. Y suspendió matemáticas, filosofía, química y lenguaje. Y su nota más alta en las notas fue un ocho, de literatura.
La profesora de literatura no era su tutora, pero en opinión de Lucía, el trabajo de tutora no lo hacía la que lo tenía que hacer, es decir; Rebeca, lo hacía la de literatura, Verónica. Verónica estaba dispuesta a darle clases adicionales casi siempre, por mucho que tuviese cosas que hacer. Y ayudaba a Lucía mucho, muchísimo, hasta a veces en otras asignaturas. Lucía le contaba todo, todo lo que le pasaba como si fuera su mejor amiga y además confiaba mucho en ella. Pero Verónica no consiguió que Lucía pasara de curso.
Después Verónica tuvo que irse a otro colegio, al final de curso. Y Lucía se sintió prácticamente sola, a pesar de tener unas pocas amigas como Andrea, aunque era un año menor que ella.
Entonces Lucía paró de pensar. Saltó de la cama y cogió su bolso, que colgaba de una percha azul. Se sentó en la cama con el bolso en las rodillas y rebuscó. Fue sacando cada objeto que encontraba y dejándolo sobre la cama. Un paquete de clínex medio terminado, con olor a miel. Unas gafas de sol metidas en una funda verde de plástico que cerraba mal. Un par de llaves colgadas en una anilla junto a un llavero en forma de Vespa azul. Un pin en forma de estrella morada, con el borde negro, algo desgastada. Un catálogo de ropa. No, no era un catálogo de ropa. Decía así: “Casting para modelos Model Xpress, nuevos talentos, nuevas caras, nuevas chicas. Pásate y bota tu favorita el próximo lunes a las ocho.” Y después una dirección.
-Hala…
Lucía decidió ir a verlo. Tenía clase, pero después de terminar los deberes podía ir.

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