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24 ago. 2011

Capítulo Diecinueve.

Viernes, cuatro días después de la muerte de Daniela. El abuelo vendía la casa. Tom y él metían en cajas todas las pertenencias de Daniela. Se las llevarían a su tumba, porque ninguno de los dos las quería tirar. Tom metió toda su ropa en la mochila, y tiró las ropas del orfanato para hacer espacio. Tom tenía la mudanza hecha. Tenía dos billetes a Roma en la mano, con estancia y todo. Por la muerte, la agencia Model Xpress no les quitó los billetes, se los dejaron. El abuelo se iba a una residencia, y no quería viajar. Tom tenía que buscarse a alguien que quisiese ir con él al día siguiente a Roma.
Entonces se acordó de Lucía. Tras la muerte de Daniela no fue a clase. Y no recordó a Lucía. Pero en ese momento estaba dándose cuenta de que a Lucía tampoco le irían muy bien las cosas. Estaba seguro de que sus padres no la habrían dejado ir al rodaje a Roma. Roma… se miró las manos. Los billetes. Los billetes a Roma… ¡Ya tenía acompañante!
-Señor…- dijo Tom- Tengo que irme un momento, vuelvo para comer.
-Vale Tom, pero espera un momento.
-Dime.
-Toma, quiero que te lo quedes, supongo que sabes cómo va. Recarga el saldo cuando se te termine, borra los contactos y las fotos si no la quieres recordar, pero quédatelo.
El abuelo le dio el móvil de Daniela a Tom.
-Vale, gracias.
Y Tom dejó la casa atrás. Se dirigió corriendo hacia la clase. Seguramente todavía estarían en la clase adicional de química. Tom llegó, corrió por los pasillos y llegó hasta la puerta. La abrió y corrió hasta Lucía:
-¡Lucía, ven conmigo a Italia!- Tom le enseño los billetes.
Lucía se levantó de la mesa, con los ojos como platos, mirando a Tom sin pestañear. Eddie y Mario se miraron, y el profesor sonrió, porque ya se lo habían contado. Lucía corrió hacia Tom, que todavía jadeaba y lo abrazó.
-¡Gracias, gracias, gracias!
Y decidieron que a las cuarto Tom subiría a buscar a Lucía, e irían juntos a su casa a explicarles todo a sus padres. Lucía estaba más feliz que nunca, y Tom intentaba estarlo, pero de todos modos era imposible, porque las desgracias no se olvidan.
Tom regresó a casa, con los billetes y el móvil de Daniela en el bolsillo. A las cuatro subiría a por ella y al día siguiente se iría con ella a Roma, en avión, donde él nunca había estado, y después iría a un hotel, y disfrutaría del rodaje, y también conocería a Lucía Ramos.
A las tres el abuelo ya se había mudado a la residencia, aunque podría volver en el caso de que se hubiese dejado algo, aunque ya se había despedido de Tom. Había dejado la venta de la casa a cargo de Tom. Él estaba sentado en el sofá de la casa a las tres en punto, con su mochila enfrente de él y con la televisión puesta. La casa estaba vacía, sin contar los muebles. Tom no quiso recordar. No quiso pero lo hizo.
La noche en la que cenaron hamburguesa en el sofá cama viendo… ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Tres Metros Sobre El Cielo. El final de la película le recordaba a su vida. Él, destrozado por ella. Así de simple. Pero por muy simple que parezca… así de doloroso.
Se puso a ver un documental sobre las cajas de cartón. Qué aburrimiento. Puso unos dibujos animados que al menos no eran tan aburridos como el documental. A las cuatro menos cuarto salió de casa, apagó a tele, la luz del salón, y cerró la puerta por fuera con llave, y después se la guardó en el bolsillo. Entonces se giró… y la vio. La moto de Daniela. Donde juntos habían ido a mil sitios, de compras, al videoclub, o a la misma prueba de modelos. Y una lágrima resbaló por su mejilla. Y se fue corriendo, huyendo del pasado como un cobarde asustado, huyendo de alguien que le hizo feliz, que rehízo su vida… pero para después, sin darse cuenta, volverla a deshacer.
Cuando llegó al Zurbarán, Lucía ya le esperaba fuera, con una de sus sonrisas. Lucía lo había entendido todo, y quiso preguntárselo a Tom.
-Hola, Tom. Una cosa… ¿el billete y la estancia son los de la prueba del lunes, verdad?
-Sí…
Empezaron a bajar hacia la casa de Lucía.
-Tu novia hizo la prueba, y pasó, ¿no es así?
-Sí…
-¿Y por qué vas a llevarme contigo?
-Daniela… ha muerto. La agencia de Model Xpress nos los ha regalado.
Lucía sintió una sensación muy extraña. Por una pequeña y muy diminuta parte se alegraba. Peor por otro lado, ver a Tom tan destrozado… lo cambiaba todo. Parecía que Tom iba a empezar a llorar.
-No llores…
Lucía quiso calmarle.
-Lo que tienes que hacer ahora es…- Tom escuchó a Lucía- dejar de recordarla como la Daniela que se marchó, y empezar a recordarla como la Daniela que te quiso y te apoyó siempre…
Tom miró a Lucía fijamente. Lucía lo abrazó. Y siguieron bajando hacia la casa de Lucía.
Llegaron poco antes de las cuatro y veinte. Lucía abrió la puerta y exclamó:
-Papá, mamá, ¡venid!
-¡Ya voy hija!- gritó su padre.
Ambos se presentaron a la vez y miraban a Tom.
-Bueno, antes de que preguntéis, este es Tom, está estudiando química para ser profesor, es ese del que os hablé, que hizo prácticas durante un día…
-Ah, sí- recordó su madre.
-Y ¿os acordáis del concurso de modelos que hubo el lunes?
-También, cariño ¿pero qué pasa?
-Bueno pues Tom es, bueno Tom era el novio de una de las que ganó, que ahora ya no está presente… y como nos llevamos muy bien y él tiene los dos billetes a Roma del concurso…
Los padres se miraron y el padre fue el primero en hablar:
-Lucía, un momentito, que mamá y yo tenemos que hablar…
Se fueron a la cocina. Se oían susurros, pero no palabras fuertes, por suerte. Cuatro minutos después, salieron.
-Lucía,- dijo el padre- ven conmigo a hablar a la cocina, y mamá hablará con Tom.
Lucía y su padre entraron en la cocina, y Tom y la madre de Lucía se sentaron en las sillas del recibidor. La madre empezó a hacerle a Tom una especie de interrogatorio.
-¿Cuántos años tienes?
-Dieciocho.
-¿Tienes casa?
-No, con la muerte de mi novia la hemos vendido. Alquilaré una en Italia cuando se acabe la estancia de los billetes.
-Vale… ¿Y cómo sé que me puedo fiar de ti?
-Bueno, Lucía y yo nos llevamos muy bien… de todos modos tengo móvil y podréis hablar con ella todos los días…
-¿Y algo más?
-Fui yo el que la llevó al médico, con todo el cuidado posible. No la conozco de mucho tiempo, pero de todos modos tampoco pretendo hacerle nada malo, sé que ser actriz es su sueño, y estoy dispuesto a ayudarle a cumplirlo… de todos modos es un beneficio para vosotros, porque Lucía ganará dinero en el rodaje.
-Bueno, pareces creíble.- Ambos sonrieron.- Pero no quiero ni que beba alcohol, ni que le dejes hacer lo que quiera, ni que salga de noche… Ah, y ni que fume, y ni que lo hagas tú ante ella…
-No, tranquila, creo que podrías confiar en mí. Por mucho que no te lo creas solo he bebido alcohol un par de veces, y además no fumo.
-¿Enserio?
-Sí, estuve en un orfanato desde los seis años. Entonces… no podía hacer nada. Nada de lo que tú prohíbes a Lucía, así que la cuidaré bien.
Por otro lado, Lucía y su padre discutían:
-¡Papa, que es de fiar!
-¡Dame alguna prueba!
-¡Me va a ceder el viaje, en vez de ir con su mejor amigo o con otro cualquiera! ¡Fue él el que me llevó al hospital!
Entonces la madre de Lucía entró a la cocina con Tom.
-Marc… déjalo, Tom es de fiar, estoy segura.
El padre intentó aceptarlo.
-Vale, vale… ¿Y cuándo os tenéis que ir?
-El avión es mañana a las tres del mediodía.
-¿Mañana?- el padre.
-Sí. Supongo que Lucía no podrá asistir a clase. Saldremos de aquí a la una, porque iré en taxi, pero bueno, si nos podéis llevar vosotros, podemos salir más tarde…
-Marc, ya les llevo yo. Lucía, haz la maleta, vamos, a la habitación. Tom, si quieres puedes quedarte a cenar, y te conoceremos mejor. ¿Qué te parece?
-Genial.
-¿Tienes las maletas hechas?
-Claro.
Ambos sonrieron, aunque el padre seguía desconfiando.
-Bueno, Tom, pues pásate sobre las nueve.
-Perfecto.
-Adiós, Tom.
-Adiós.

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